Ahora lo que quiero es que aprendas a vivir

Mi hijo tiene 2 años y medio. Dos meses antes de comenzar el aislamiento preventivo, él había iniciado su proceso de escolarización, no por una necesidad suya, claro está, sino básicamente por una necesidad mía. Sentía que necesitaba tiempo. Tiempo para mi trabajo. Tiempo para mis cosas. Tiempo para mí. Y pues, la única manera que se me ocurrió en ese momento, para gestionar ese tiempo, fue escolarizar a mi pequeño.

No fue un proceso fácil, pero sí muy consciente, para lograr que su adaptación a este nuevo espacio, fuera lo más respetuosa posible. Y finalmente, lo logramos. De una manera hermosa y cuasi mágica, lo logramos. Pero después llegó Covid-19 y lo que en su momento yo había decidido, ahora la vida lo giraba hacia otra dirección.

No solo tendría a mi hijo de vuelta en casa, si no que adicional a esto se multiplicarían mis quehaceres, se diezmarían mis fuerzas, y se probarían mis recursos.

Los primeros días, literalmente me sentí enloquecer. Pensé que no lograría sobrevivir más de una semana con todo lo que este nuevo momento me estaba demandando: ser esposa de un esposo diametralmente diferente a mí y con complejos estilos de comunicación; ser madre de un niño fuerza, con un cerebro en vías de maduración y en plena explosión de la magia de su segundo año; ser ama de casa, y no de cualquier casa, sino de la señora casa; ser la mamá humana de 6 hijos peludos cuya misión en la vida es poblar el mundo de pelo; ser trabajadora independiente y empresaria, llevando sobre mis hombros las vidas y familias de 20 colaboradores; ser hija a distancia de dos adultos mayores con altísima demanda; ser hermana de dos hermanos cansados y sobresaturados de responsabilidades… y ser yo, con mis dolores, con mis heridas y con mis sombras.

Por su parte, mis neuronas se estaban quemando, tratando de ponerme al día con todas las actividades escolares que le estaban siendo asignadas a mi hijo. Procurando someterlo a él a un horario que se asemejara al que tenía cuando visitaba su jardín; esforzándome por cumplir con cada compromiso, cada manualidad, cada entrega. Pero no lo lograba. Siempre me quedaba faltando. Y aunque efectivamente, la demanda no era de la institución (que, dicho sea de paso, siempre han tenido una mirada comprensiva hacia el proceso) eran mis propios comandos internos los que me exigían ser, una vez más, la mamá perfecta. Mi hijo debía seguir con sus rutinas y forjar sus ritmos; nuestra familia debía estar siempre presente y comprometida en todo; y cada logro y área de desarrollo esperada para el momento debía cubrirse a cabalidad y sin defecto. Y en medio de este oscuro panorama, me di cuenta que me estaba reventando con una batalla que no había sido llamada a dar.

¿Qué era lo verdaderamente importante para este momento? ¿Aprender a rasgar, aprender a categorizar, aprender a contar? o ¿aprender a vivir? A vivir en el aquí, y en el ahora. En su momento presente. Lleno de sí. Desarrollando su capacidad de asombro y de adaptación. Leyéndose a sí mismo y a sus emociones encontradas en medio de esta situación atípica y abrumadora. Así que dije ¡no puedo! Me bajo de este tren de afanes y de presiones. Y viviré junto con mi hijo el día a día. Haré lo que esté en nuestras posibilidades hacer. Aceptaré, una vez más, que no soy esa madre perfecta que batalla en mi mente por imponerse. Que soy una madre de carne y hueso, cansada por demás en medio de todas estas responsabilidades que como torbellino se levantaron de repente. Una madre que ha tenido que acudir al televisor para poder descansar 20 minutos y recuperar energías, o poder responder a un correo electrónico o asistir a una junta virtual. Una madre que está tratando de hacer lo mejor, con lo que tiene y con lo que puede, y que en este ejercicio se hizo consciente de que los aprendizajes más significativos de la vida no son los académicos sino los experienciales.

Amo el jardín de mi hijo, amo sus profes, y todo el calor humano que he podido sentir de parte suya en estos tiempos difíciles, y estaré firme con ellos apoyándoles en su sostenimiento mientras así nos lo permita nuestra economía familiar. Pero amo más a mi hijo, amo más a mi familia y me amo más a mí.

Por eso hijo, lo que ahora quiero no es que aprendas a escribir, a contar o a dibujar; lo que quiero es que aprendas a sentir, a amar y a vivir. Te desligo de mis expectativas, de mis demandas y exigencias, y te dejo libre para ser, en el aquí y en el ahora, lleno de ti, consciente de tus propios ritmos y procesos. Quiero que si en unos años recuerdas esta época, desde tu consciente, ese recuerdo no sea como el de aquel tiempo en el que mamá siempre andaba de prisa, gritándome, exigiéndome y presionándome, sino, como aquel en que más unidos estuvimos, compartiendo juntos, creciendo juntos, aprendiendo juntos.

Ahora lo que quiero, es que aprendas a vivir.

Autora: Ps. Elízabeth Guerra Gómez

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