Amándome… ¡hasta el pelo!

Hoy quiero contarles una historia, acerca de mi cabello. Sí, mi cabello crespo, por el que mucho tiempo me llamé “peli maldita”. Ja ja ja ja. No sé si lo han notado, pero desde el 24 de diciembre de 2019 no me hago el “blower”, en paisa, no me lo he cepillado. Y todo ¿por qué? Porque decidí vivir un proceso de reconciliación y aceptación conmigo misma.

Yo nací crespa. Crespa con ganas. Buenos, los tres pelos con los que nací (porque era súper calva, y siempre he tenido muy poquito pelo), eran crespos. Y adicional a esto, mi cuero cabelludo, junto con el resto de mi cuerpo, mi alma y mi espíritu, sufren de sensibilidad extrema, lo que hacía que cualquier cosa que mi mamá hacía, en su ilusión de tener una niña pulcra, recatada y bien peinada (qué pecao mi mamá, cómo la hice sufrir), a mí me dolía hasta los tuétanos. Entonces desde niña empecé a odiar mi pelito. Mi madre siempre me repetía, mientras me “jalonaba” tratando de domarlo: “el que quiere marrones, aguanta tirones”. Y yo respondía para mis adentros, y a veces también para mis “afueras”, (aunque eso me costara una “volteada de mascadero”) ¡pues entonces yo no quiero marrones! Pero igual me los hacían, así que… tome pa’ que lleve.

Después empecé a compararme con mis amiguitas, y sus espectaculares cabellos lisos, brillantes y sedosos, y lo único que quería era ser como ellas. Cuando conocí que existía “el cepillado”, pues el mundo entero se abrió a mis pies. Ja ja ja, aún recuerdo la primera vez que me cepillaron…. ¡no podía creer tanta belleza! Ja ja ja. Así me hubiese dolido un “jurgo”, pero no importaba… esos marrones sí estaba dispuesta a soportarlos. Sin embargo, quien no lo soportaba para la época era mi bolsillo. Entonces seguía siendo una “peli maldita” que cuando tenía platica se cepillaba, para ser diva.

Ya en la universidad, como que me había resignado, porque estudiante clase media, y de ahí pa’ abajo, que se respete, vive en la inopia, entonces, medio aprendí a manejarlos, dándole la gloriosa entrada a mi vida a la crema para peinar”. Prácticamente los tenía domados, y hasta me gustaban. Sin embargo, NUNCA LO OLVIDARÉ, recién recién desempacadita de la U, fui a una de mis primeras entrevistas de trabajo, para licitar en una gran empresa, para un contrato donde iba a tener la posibilidad de viajar a varias ciudades del país, dictando unos talleres motivacionales para su personal. Me puse el baúl y la tapa, me organicé mis crespitos (¡bendita crema para peinar!) y allá llegué. La entrevista fue todo un éxito, tanto así que me gané la licitación (y a viajar se dijo), pero al salir de esa oficina, aún cuando gané, también perdí. Perdí muchísimo. Me perdí a mí misma. Perdí mi autoconcepto. Perdí el tesoro de la aceptación incondicional.

Quien era la gerente de dicha empresa, en ese entonces, me dijo: “Elízabeth, nos encantó tu propuesta, tu actitud y tus competencias, y sabemos que harás un gran trabajo. Pero te recomiendo, que a partir de ahora, siempre te presentes a las entrevistas, y en general, a cualquier tipo de compromiso laboral, con el cabello cepillado. Es lo mejor. Te hace más profesional, más seria, más creíble”. ¡Plop! Ay Dios mío… si la Elízabeth de ese entonces, hubiese sido la Elízabeth de hoy…. ¡ah cátedra que le hubiese dado!, aun cuando me hubiese costado “la contrata”. Pero no. Me ruboricé (como suelo hacerlo, aspecto del cual más adelante les contaré en otro post), bajé la cabeza, y le dije que muchas gracias, que así sería.

A partir de ese entonces, y eso data ya de 10 años atrás, mi cabello siempre había estado cepillado, a excepción de ciertas temporadas de crisis económica, tiempos de vacaciones, o fines de semana donde “nadie me viera”.

¡Craso error! Había cedido ante la necesidad de aprobación, y en el intento me había perdido a mí misma… y a mis crespos, claro está.

Sin embargo, el año pasado, después de un video que “dioscidentemente” me llegó, de una marca X de productos para el cabello, empecé a hacerle seguimiento a varios movimientos que se han gestado en torno al tema: #CrespasAlPoder, #YoSoyPelobueno, #YoAmoMisRizos, #CurlyStyle… y me dije: ¿Por qué no? Fue así, como empecé a reconciliarme con mis crespitos, y a descubrir lo que se escondía detrás de todo esto. No es que yo fuera “peli maldita”, es que había crecido siempre, queriendo ser quien no era, y aparentar lo que no tenía. Así que encontrada la enfermedad, encontrada la cura: ¡Aceptación Incondicional! Qué gracioso me parece, incluso ahora al escribirlo, porque era un concepto que llevaba mucho tiempo enseñando, pero que ahora descubría que no había terminado de interiorizar (y lo que me falta).

Y aquí estoy… con mis risos al aire, a veces civilizados, a veces “enchuquizados”, pero siempre aceptados. Fui a la primera entrevista en TV con ellos… y sobreviví (y hasta me piropiaron), estuve en mi primer congreso internacional, con más de diez mil mujeres y ¡nada pasó¡ Bueno, sí pasó mucho, miles de corazones fueron renovados, lo cual hubiese sucedido con crespos o sin crespos, pero esa mujer que estaba allí, parada frente a una multitud, invitándolas a aceptarse, a respetarse, a valorarse, ahora no solo sabía de lo que hablaba, sino que también lo estaba viviendo, literalmente, ¡hasta el pelo! Y así, cada día de este 2020 me han visto crespa. Como soy: crespa.

Porque lo que ves, es lo que hay. Seas lisa, seas lacia, seas “troza” o seas delgada; seas alta o seas “perfume en envase pequeño”… como seas, eres ¡hermosa! por el solo hecho de existir y ser una creación perfecta de Dios. Así que hoy te invito a que te abraces incondicionalmente, y aprendas a aceptar cada parte de ti, sin disimulos, sin pretextos, sin excusas. Verás cómo, al igual que yo, te quitarás un gran pelo de encima… perdón, una gran peso de encima.

Autora: Ps. Elízabeth Guerra Gómez

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