Caminando de la mano de mis hijos

Es paradójica la crianza de los hijos; todos queremos que ellos sean triunfadores, sobresalientes y personas de bien, pero muchas veces somos nosotros mismos quienes sin quererlo forjamos su futuro de forma errónea.

¡No sirves! ¡No puedes! ¡No eres capaz! ¡Quítate de aquí! ¡Me desesperas! ¡No te quiero ver! ¡Te vas! ¡Me la vuelas! ¡Me sacas de casillas! ¡No te soporto! ¡Eso no lo haría un hijo mío! ¡Eres un torpe! ¡No es suficiente! ¡Por qué no fuiste el mejor! ¡No te da vergüenza! Son sólo algunos de las frases que les decimos en medio de la ofuscación, el desespero, la rabia o quizás la frustración, no dimensionando el efecto que en ellos se genera a través de nuestros actos y palabras.

Esos gritos y frases hirientes, que salen de nuestras frustraciones y miedos, van taladrando sus corazones y pensamientos generando nuevas conductas que serán contrarias a lo que queremos en nuestros hijos. Por esto, desde nuestro rol de padres, podemos hacernos más conscientes del condicionamiento que les estamos dando y empezar así, a ser coherentes con lo que esperamos de ellos y lo que les estamos aportando verbal y emocionalmente. 

Es de saber que toda persona requiere de ciertos factores básicos que determinen su eficacia en la vida; para ello los padres o cuidadores somos los directamente encargados de propiciar ambientes sanos para su buen desempeño.

Según Young, J. E., Klosko, J. S, Weishaar, M. E. (2003), la seguridad básica, la relación con los demás, la autonomía, la autoestima, la autoexpresión y los  límites realistas, son cruciales para el sano desarrollo del ser.

Voy a desglosar brevemente cada categoría:

Seguridad básica: se refiere a la entrega de amor dentro del hogar, con un ambiente saludable, con padres presentes y no convivientes ausentes, donde el contacto físico del amor (caricias, besos, apapachos, confidencias, juegos, cosquillas, compañía) y la entrega de diálogo constante, permee situaciones de seguridad emocional y protección; es indispensable que se sientan seguros tanto de sus padres como del ambiente que los rodea, que no tengan sensaciones de abandono a causa de palabras despectivas o circunstancias que los lleve a sentirse desprotegidos y solos.

Relación con los demás: Es fundamental aprovechar todo momento de aprendizaje con nuestros hijos tanto desde lo íntimo del hogar como desde su ambiente social, accediendo a suministros para crecer en empatía y comprensión. ¡Tú puedes! ¡Eres capaz! ¡No te preocupes! ¡Estamos contigo! ¡Busca soluciones!, ¡Te quedó muy bien! ¡Felicitaciones! ¡me gusta tu trabajo!, son entre muchas otras, afirmaciones  que llevan a generar en ellos sentimientos de aprobación y eficacia con ellos y con los demás; de allí nos empoderamos como padres para ayudar a la sensibilización y compasión por el otro, desde el mismo hogar damos  ejemplo de  escucha,  atención, comprensión, empatía a sus requerimientos y necesidades,  abonando así corazones dispuestos a dar lo que reciben, porque nadie da de lo que no tiene, solo un corazón compasivo es compasivo consigo mismo y con el otro.

Autonomía: Como nuestras expectativas son altas pero realistas conforme a hijos autónomos, estamos llamados a fortalecer espacios de actividades  responsables que los lleve a sentirse independientes y no dependientes de otros; capaces de asumir retos y cumplir con metas propuestas tanto propias como comunes, irles  ofreciendo herramientas útiles de confianza y bases de buen discernimiento para enfrentarse a nuevos caminos, decisiones o peligros de la sociedad y el consumismo.

Autoestima: al procurarles un ambiente en el que ellos puedan desarrollar sus capacidades y enfrentarse a nuevos retos con total confianza en sí mismos, crece en su interior  adecuados niveles de autoestima y aprecio por   sus habilidades, dándole frente a la frustración cuando ésta se presente, valorando sus esfuerzos y aceptando sus derrotas, sin mucha crítica y con mucho amor; ¡Tú puedes! ¡Eres capaz! ¡Tienes todo para lograrlo! ¡Noto que cada día eres mejor! ¡Sé que eres bueno! ¡Estoy muy orgulloso de ti! ¡Puedes llegar donde tú quieras!, con estos y muchos más comandos los alientas a fortalecerse y valorarse.

Autoexpresión: es importante darles espacios donde puedan expresar sus opiniones, pensamientos y decisiones de su visión frente a  la vida y sus aspiraciones, ¿qué quieres? ¿Qué te gusta? ¿Cuál te parece mejor? ¡No dudo de tu buena intención! ¡Si necesitas algo cuenta conmigo! ¡Me importa tu opinión! ¡Es súper importante lo que piensas! ¡Creo en tu palabra!,  de esta manera vivificamos su libertad de expresión y confianza.

Límites realistas: así como les damos libertad de expresión, autonomía y un ambiente seguro es indispensable los límites, ligados a la empatía con el otro, es tanto dar como recibir, es ver mis necesidades pero también y muy importante ver las necesidades del otro, saber hasta qué punto voy yo sin agredir al otro, en palabras, actos, gestos o simplemente querer pasarme por encima; es aquí donde entra las frases contundentes pero amorosas ¡No es el momento! ¡Espera tu turno! ¡Ahora no se puede! ¡Busca otra solución!, de esta manera le ponemos un pare a la impulsividad y el pensamiento de ¡Todo lo puedo ya!, ¡Todo lo quiero ya! ¡Como yo quiera! ¡Como yo diga!

Después de haber abarcado estas categorías y ser conscientes de cómo estamos siendo coequiperos para un buen y sano futuro emocional de nuestros hijos,  la intención es abrir nuestro corazón y darnos a esta bella tarea de forma cuidadosa y consecuente con lo que queremos (hijos triunfadores, sobresalientes y personas de bien); es así como, caminando de la mano de nuestros hijos, podemos generar mejores vivencias, sentimientos, percepciones de sí mismos, del otro y del mundo, acordes a una vida feliz y satisfactoria generada desde el ambiente del hogar.

Young, J. E., Klosko, J. S, Weishaar, M. E. (2003). Terapia de Esquemas. Guía Práctica. Desclée de Brouwer. New York.

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