El día que Dios nos hizo padres

“Dichosa tú por haber creído que han de cumplirse las cosas que el Señor ha dicho” Lc 1,45

Prefacio: este, más que un artículo, es el testimonio del amor y la fidelidad de Dios para con nosotros, por esto es un texto bastante extenso por demás, que quiero compartirles desde lo profundo de mi corazón. Espero que lo disfruten tanto, como yo disfruté al escribirlo y mucho más al vivirlo. 
Me tiemblan los dedos al escribir estas líneas. Tiemblan de felicidad, tiemblan de emoción, pero sobre todo tiemblan de gratitud al comprobar cuán grande es nuestro Dios y cuán insondable es su amor para con nosotros.

Quienes me han seguido durante todo este tiempo conocen muy bien mi historia de dolor y espera ante la maternidad; (quienes no, pueden conocerla a través de este artículo: http://www.clinica.alamano.info/…).


Cuando me reencontré con mi esposo, más conocido como el Príncipe Encantado, para retomar nuestra historia de amor que había empezado 16 años atrás, él, de forma contundente y con una fe arrolladora me dijo: “Basta ya de perder el tiempo, Dios me dijo que tú serías mi esposa y que tendríamos dos hijos” (así sin anestesia), a lo que yo le contesté: “No puede ser, porque yo no puedo tener hijos” (desde los 18 años había sido diagnosticada con una enfermedad progresiva llamada Endometriosis, que para la fecha se encontraba en nivel III y en cuyos efectos colaterales, la infertilidad se encuentra como el principal de ellos). Su respuesta final me dejó sin aliento y me confirmó que indiscutiblemente tenía frente a mí a ese hombre de fe, que con tanto anhelo había pedido al Señor: “Puede que tú no puedas, pero el Dios en el que yo creo sí puede y Él nos los dará, ya verás”. Y fue así como nos aventuramos en la amarga espera de la dulce espera (ver el artículo citado anteriormente para entender la expresión). Fueron 4 años de profundo dolor y espera; cada mes el corazón se desgarraba junto con mi útero, al comprobar que una vez más no era nuestra hora, pero allí, en medio del dolor, en medio del desierto, es donde Dios más sabe mostrarnos su gloria y acercarnos a Él.


La primera promesa vino de parte de una sierva hermosa de Dios, quien para la fecha era mi paciente, y que en este momento se está enterando que será la madrina de nuestro bebé. Ella, después de haber tenido un maravilloso sueño en el que Dios le mostró sus planes para nosotros, me envió un mensaje diciéndome: “Eli, el Señor les manda a decir, que la promesa de la vida ya está sembrada en tu viente, pero Él necesita que le bajes al ritmo de tu trabajo, para que juntos se puedan abrir a este regalo de la vida… ah, y un datico más, vi a un hermoso niño crecer en tu vientre”. Más claro no podía ser. Allí estaba Dios alentando nuestro ánimo decaído, levantando nuestras manos cansadas y recordándonos que Él y solo Él, era el dueño de la vida, y que por tanto, este regalo llegaría de Su Mano. Meses más tarde, estando en Tarija Bolivia, en medio de una adoración al Santísimo, uno de los jóvenes de la comunidad, a quien amamos profundamente, le prestó sus labios al Señor para decir: “Es un varón, y será consagrado a Dios”. Lo más hermoso de esto, es que minutos antes yo me había conmovido profundamente en medio de la oración, y con mis manos en mi vientre le suplicaba al cielo que me concediera el regalo de ser madre, y simultáneamente el Príncipe escuchaba el llanto de un bebé, en un recinto totalmente cerrado, donde no habían niños. ¡Fue increíble! Y fue allí donde hice esta publicación que conmocionó mis redes sociales, donde todo el mundo me felicitaba al pensar que estaba en embarazo. Je je je. Fue súper jocoso aclararles que era solo una promesa, pero que tenía la plena certeza de que en Dios se haría una realidad.

Para este punto, teníamos tantísimas personas al rededor del mundo orando por nosotros, que era, y lo es aún, tan hermoso sentir tanto amor traducido en oraciones. 
En el mes de abril del mismo año, 2014, me hicieron mi última Laparoscopia, con el ánimo de limpiar un poco mi útero y mis ovarios, lacerados por la Endometriosis. Salí de allí con con la plena confianza en que Dios haría su obra y nos permitiría disfrutar de este gran regalo.

A los pocos meses viajamos a Georgia, para nuestra primera misión en este bello estado, y allí recibimos todo el amor y oraciones de tantas personas que se conmovían ante nuestra espera. Lo llamativo de este viaje, es que secretamente me contacté con una amiga de mi Príncipe, quien vendía online ropa infantil, y le encargué estos mamelucos de súper héroes, con el fin de comunicarle la gran noticia (que pensaba yo se daría en ese viaje) a mi Príncipe (quien es aficionado de los súper héroes) a través de los mamelucos. Pues los mismos que se fueron a pasear y regresaron a casa intactos, mientras mi corazón se fraccionaba en mil pedazos.

Finalmente, así fue como le di la noticia, este pasado mes de abril. Ya les contaré de ello.


Era muy difícil permanecer en la fe, cuando los hechos decían otra cosa. Pasados seis meses de esta última cirugía, mi ginecólogo de forma muy concreta y directa me dijo: “Elízabeth, tienes que saber que tu enfermedad es progresiva y se encuentra en una fase muy avanzada. Ustedes médicamente ya entran en la categoría de estériles, así que el único medio para que sean padres, es que lo hagan por medio de fertilización asistida y esto, con solo un 20% de probabilidad”. Un puñal más que se clavaba en el corazón, lejos de conocer lo que Dios tenía entre manos. No les voy a mentir, asistimos a una cita con el especialista más reconocido de la ciudad en el tema, quien para nuestra sorpresa, después de explicarnos todos los tratamientos (y sus cuantiosas cifras), nos retó a pensar cuál era la razón por la cual queríamos ser padres, y a entregarle a Dios ese anhelo de nuestro corazón. Recuerdo que salimos de allí bastante meditabundos, y sentados en una panadería, tomamos juntos la decisión de no iniciar el tratamiento, y dejarlo todo en manos de Dios. Y así empezaron a pasar los días y los meses, en medio de una fe inquebrantable, que protegía nuestro corazón cada que el dolor tocaba a la puerta. Era inevitable recibir la pregunta constante de las personas, que en su desconocimiento importunaban diciendo: ¿Y para cuándo el bebé? Lejos de saber que si por nosotros hubiese sido, lo hubiésemos fabricado en la mismísima noche de bodas, ja, ja, ja. Pero siempre estaba a flor de labios la respuesta que nos acompañó durante todo este tiempo: será cuando Dios así lo quiera.


Finalizando el año 2015, nuestro padrino de matrimonio, a quien tanto amamos y tanto cuida de nosotros, nos acompañó a interceder de forma profunda, pidiéndole a Dios una respuesta directa frente a nuestro caso: ¿Debíamos esperar, sería la adopción el camino, o simplemente la respuesta sería un no? Pues Dios, quien es el mismo ayer, hoy y siempre, le confirmó a él lo que ya por medio de tantas personas nos había dicho, así que de forma contundente nos llegó de nuevo este mensaje: “La promesa de su hijo ya está en camino, pero el Señor necesita antes prepararlos para que puedan asumir con total vocación, el reto de ser padres. Y algo más, quiere darles este regalo, por medio de la intercesión de su Santísima Madre. Pídanselo a ella que es Madre, y verán que su respuesta llegará en el momento preciso”. El nuevo tratamiento de fertilidad consistía en esto: oración conjunta, Eucaristía y Santo Rosario. Y así nos aventuramos en un hermoso camino de la mano de la Madre, donde personalmente pude conocerla, enamorarme de su silencio y de su sí sin reservas, y a través de este conocimiento, comprender que al igual que ella, un día me dirían: #DichosaLaQueCreyó. Es por esto, que desde entonces todas las publicaciones que realizaba referentes a nuestro anhelo, las etiquetaba con ese numeral. (Y qué bonita ha sido la tecnología al permitirme rastrear con ese hashtag la fidelidad de nuestro Dios en todos estos meses).

Y como Dios se hizo compinche de este sueño, el 20 de mayo de 2016, llegó a mi vida el empujoncito que me faltaba, para cumplir mi parte del pacto; Dios había prometido hacerme madre, pero yo debía prepararme, acercándome a Él y dejando de lado mi forma maníaca de trabajar…. pero he ahí el problema ¡cuánto me costaba dejar de hacerlo! Me llegó entonces una crisis de salud cómo nunca antes (habiendo tenido varias con anterioridad) y por orden médica estuve incapacitada durante casi dos meses y con prescripción de ir retomando paulatinamente mis actividades, velando (y teniendo al Príncipe y a mi directora como policías emocionales, ja, ja, ja) porque las jornadas no superaran las 8 horas de trabajo. Allí estaba lo que faltaba, tiempo para descansar y preparar mi cuerpo, pero especialmente mi espíritu, al iniciar mi ascenso a la cumbre más preciosa de intimidad con Dios, a la que Él mismo me trajo después de largos valles y desiertos. Simultáneamente, Él fue trayendo personas idóneas a la Clínica para la Familia que pudieran tomar el timón de este gran barco, para que así yo pudiese tomar, junto con mi Príncipe Encantado, el timón de nuestra familia. En diciembre de 2016 entregué finalmente la dirección de la Clínica y me dediqué a los sueños de Dios para mí.

Entregando la Dirección Académica y la Dirección General de la Clínica para la Familia el 12 de diciembre de 2016


Y fue así como Él, en su infinita fidelidad y misericordia cumplió su parte del pacto. El 18, 19 y 20 de marzo de este año, fue nuestro último encuentro de Resucitando Mariposas, donde siempre las parejas que ya han sido padres, oran por las parejas que todavía no han sido bendecidas con este regalo, en uno de los momentos más emotivos del encuentro. Este año esa oración fue especial, ya que otro angelito que Dios me ha enviado, y que por mucho tiempo, sin yo saberlo, ha estado intercediendo por nosotros en silencio, Leidy Bonnie, fue quien presidió la oración por nosotros. Las manos de las que ya habían sido madres se posaron sobre nuestros vientres, y por la intercesión de Mamita María rogaron al cielo que estos se convirtieran en cunas. Minutos después me entregó esta cartica, que aún atesoro como un regalo precioso, donde me recordaba que este sería un año de cosecha para mí, por tanto amor y esperanza sembrados.

Y fue así como Dios, en su gran amor, permitió que justamente el día de San José, sus promesas se concretaran en realidades. Pero como es obvio, aún no lo sabíamos ja, ja, ja.


Después vino la gran prueba en medio del retiro Dios Reescribe tu Historia, el 1 y 2 de abril. Me encontraba, desde hacía varios días, con un dolor bajito muy muy fuerte. Era lo esperado, porque desde hacía cuatro días mi periodo menstrual debía haber hecho su aparición, y no lo había hecho… pero retrasos así se habían dado muchísimas veces, y en medio de mi anhelo y mi ansiedad corría a hacerme una prueba de embarazo, para que solo pocas horas después de esta, el sangrado iniciara, sin saber cuál era más abundante, si el de mi útero o el de mi corazón… así que no le presté atención y simplemente de camino al retiro le dije al Príncipe: “amor, tenemos que tomar una decisión, porque yo no puedo seguir así, cada mes que pasa me estoy enfermando más (la Endometriosis es progresiva y una mujer que la padece debe inhibir la ovulación como medio preventivo) y los dolores cada vez son más insoportables” a lo que él simplemente contestó: “como tú quieras amor, lo importante es que estés bien”. E irrumpí en llanto minutos antes de llegar al retiro. Iniciar el tratamiento para la Endometriosis, que es con anticonceptivos, era renunciar abiertamente a este gran sueño. Pero simplemente le dije al Señor: “Padre, tú conoces mi corazón, te entrego este dolor, y te serviré aún a pesar de él, solo te pido que me muestres tu perfecta voluntad”. ¡Oh Dios! Lloro en este momento al recordar ese instante de desgarro y desprendimiento. Entregué todo mi corazón en ese primer día de retiro, y me quebranté de forma significativa, mientras les compartía una de las primeras enseñanzas titulada: “La historia de un quiste”. En esta conferencia hablo acerca del propósito de nuestra existencia, y lo ilustro a través del milagro de mi nacimiento, ya que yo también soy parte de un milagro, y de la respuesta a la fe de mi madre, a quien le habían dicho que ya no debía tener más hijos, por su edad y su estado de salud. Pero ella creyó, y le creyó a Dios, y yo, quien en un principio era un quiste, estaba allí diciéndoles a todos esos valientes participantes, que encima de Dios no había nadie, y que Él había soñado con cada uno de ellos, de la misma forma que soñó conmigo y me trajo a este mundo en medio de los imposibles. Lloraba contando el testimonio de mi madre y de su fe inquebrantable en que Dios le daría “su ñiña”, y allí Dios me decía a mi corazón:


Si tú eres un milagro, crees que no soy capaz de gestar en tu vientre otro milagro”.


En un momento mágico, de oración y ministración, cantaba junto con el ministerio Sacrificio de Alabanza: “Dios no nos trajo hasta aquí para volver atrás, nos trajo aquí para poseer la tierra que Él nos dio”, y entre lágrimas y sollozos declarábamos que Dios haría realidad todos nuestros sueños, que Él era fiel, y que cumpliría sus promesas. Con una mano sostenía el micrófono y con la otra sostenía mi vientre, en el que ya se gestaba la vida. (Lágrimas).


El dolor y el desaliento se hicieron demasiado fuertes, al punto que tuve que irme para urgencias e interrumpir mi participación en el retiro.

¡Oh Dios! Y hasta me aplicaron morfina. Pero mi doc después dijo que no iba a pasar nada. #PadresAnsiosos


Al día siguiente tenía exámenes de sangre, por los chequeos anuales, y al ver que mi periodo no llegaba pensé: “¿será que me hago otra prueba de embarazo?” ¡Otra más! Ya había perdido la cuenta de cuantas me había hecho en todo este tiempo. Y finalmente dije: “Qué es lo peor que podría pasar, salgamos de dudas de una vez”. Y así hice, me levanté temprano, dejé al Príncipe dormidito y me fui para el laboratorio; antes de entrar a los exámenes previamente programados, compré una prueba casera y entré al baño del Sao Paulo Plaza, saqué la prueba e hice lo que ya con experticia sabía que debía hacer. Y como era costumbre, la misma raya solita se pintó. “Ahí está, una vez más el mismo resultado… y yo de boba aquí perdiendo el tiempo”. ¡Ay Dios, perdona mi incredulidad! Sin embargo, con la varita en mi rodilla, seguí leyendo las instrucciones, cuando de reojo miré a la prueba, y vi cómo se empezaba a pintar la otra rayita. Todo me temblaba. ¿Qué significaba esto? ¿Será que la dejé mucho tiempo? Busqué en medio del temblor la interpretación de los resultados en las instrucciones, y allí, claro y conciso, estaba la respuesta a mi pregunta, y la esperanza que emergía en medio de mi incredulidad: “Dos rayitas significan positivo, aún cuando una de ellas esté muy clara, lo cual es señal de poca presencia de la hormona, probablemente por haber pasado muy pocas semanas desde la concepción”. ¡Jesús! ¿podía ser esto real? ¡Pero cómo no, si así Él lo había prometido! (Lágrimas).


Subí de inmediato al laboratorio, y le pedí a la recepcionista que por favor añadiera a los exámenes de rutina, una prueba de embarazo; ella con una sonrisa cómplice accedió. Al entrar a la toma de la muestra, la bacterióloga (o auxiliar, no lo sé), me preguntó que si estaba buscando quedar en embarazo, a lo que le contesté: “No te imaginas cuánto. Por cuatro años para ser exacta”. Y añadí: “Qué pena contigo, pero tengo que tomar una fotografía, porque si esto es real, vas a ser famosa dentro de poco” Ja, ja, ja.

¡Hela aquí!


Y como era imposible quedarme quieta hasta el medio día que me llegarían los resultados (y esto porque me vieron tan ansiosa que me dieron el código para acceder desde la web) me compré otra prueba casera y el resultado no se hizo esperar:

¡Dos rayitas! Suavecita pero rayita al fin.


Todo me temblaba, pero sobre todo el corazón de la gratitud. Este baño se convirtió en el más grande los santuarios, donde todo mi ser se postró delante de Dios diciéndole: ¡Gracias! ¡Eres bueno y tu misericordia permanece para siempre! Sus promesas habían llegado y yo solo podía callar de amor y gratitud. (Lágrima).


Ahora venía el otro gran momento, contarle al Príncipe, quien ya me estaba quemando el celular, porque me había ido para el examen sin él, ja, ja, ja. Pensé en mil formas de contárselo. Iba a llevarlo a la Purísima Concepción (parroquia muy especial para nosotros ubicada en el municipio de Envigado, donde cada día 25 se celebra la eucaristía de la vida, pidiendo la intercesión de la Virgen por las madres gestantes, los bebés recién nacidos y las parejas que no han podido concebir) y donde habíamos llevado a cabo la renovación de nuestros votos en nuestro primer aniversario:

Nótense las pinturas de fondo: La Visitación de la Virgen María a su prima Santa Isabel (cuya festividad celebramos hoy) y el nacimiento del Señor Jesús.


Pero temía que no estuviera abierta y necesitaba contarle cuánto antes. Ja, ja, ja. Opción 2, esperar hasta el medio día que teníamos planeado ir a Guatapé (un municipio de Antioquia donde cada año nos tomamos una foto en el mismo lugar, y justo ese día tocaba el paseo). Pero era demasiado tiempo y yo sentía que el corazón se me iba a salir de la emoción.


Así que llegué a casa, y tratando de disimular la incontenible sonrisa (menos mal el Príncipe como buen hombre es mononeurona y no la cogía, ja, ja, ja), tomé una cajita y puse en ella los escarpines que presentamos como ofrenda el día de nuestra boda, los mamelucos de súper héroes (que por fin iban a cumplir su propósito) la Virgencita de la Dulce Espera que nos había estado acompañando por varios meses, gracias a dos parejas de amigos que coincidieron que con este dulce regalo (gracias Madonos y gracias Beatri y Diego) y las dos pruebas de embarazo. Junto con esto escribí unos memitos de notas que decían:

Y me puse uno de los mamelucos en el vientre debajo de la ropa, para así darle la sorpresa. Lo llevé a nuestro altar de oración y le entregué la cajita pidiéndole que leyera con atención. ¡No la cogía! Ja, ja, ja, ja. Haciendo uso de su curso de lectura rápida pasaba los papelitos sin darle sentido y sin ver absolutamente nada al rededor. Ja, ja, ja, ja, ja. Ni las pruebas, ni los mamelucos, ni los escarpines, ni la virgen. ¡Oh Dios! Mononeurona al fin ja, ja, ja (te amo Príncipe Encantado) hasta que me puse a llorar y le dije: “tienes que buscar en mi barriguita”. Ahí como que por fin la cogió, y se puso de rodillas, me levantó la blusa y cuando por fin sus neuronas conectaron, salvó la patria diciéndome con lágrimas en los ojos:


“Si ves que Dios sí podía”

Nos fundimos en un abrazo tembloroso de amor y gratitud, y sólo podíamos decir: ¡Gracias Dios mío!


Nos fuimos para Guatapé, y estando allá el examen de sangre confirmó la gran noticia: fruto de nuestro amor, pero sobre todo, de la incomparable fidelidad de Dios y la intercesión de Mamita María, ya no éramos solo dos. Y así quedó la correspondiente secuencia de la foto anual:

Este es Dios, el único capaz de hacer posible lo imposible; el que dice sí cuando la ciencia dice no; el que cumple sus promesas y es fiel con quienes lo aman y le sirven de veras. En una oportunidad, una frase del dr. Álvaro Sierra me tocó hasta lo más profundo:


Antes los hijos se le pedían a Dios, ahora se le piden al ginecobstetra. ¡No! Los hijos se le piden a Dios, porque son regalos que vienen de Él.


Hoy conmemoramos en nuestra Iglesia Católica, la Visitación de la Santísima Virgen María a su prima Santa Isabel, quien al verla, y después de estremecerse su hijo en su vientre (Juan, como se llamará nuestro principito) exclamó:


¿Quién soy yo para que venga a visitarme la madre de mi Señor. ¡Dichosa tú por haber creído que han de cumplirse las cosas que el Señor te ha dicho!


Desde hace días tengo esta noticia atorada en mi garganta, esperando el momento propicio para compartirla con todos ustedes, y hoy, en esta maravillosa fiesta, y haciendo caso de lo que al salmo del día nos convoca, quiero contarle al mundo que Dios es bueno y su amor es para siempre:


“Den gracias e invoquen al Señor, cuenten a las naciones las cosas que ha hecho, recuérdenles que Él está por encima de todo. Canten al Señor, porque ha hecho algo grandioso que debe conocerse en toda la tierra.” Is 12, 4-6


Hoy solo puedo darle gracias al Cielo por este milagro portentoso que ha gestado en nosotros. Porque hoy con alegría puedo decirles a todos: confíen, confíen en Él y Él hará. No sabemos muchas veces si su respuesta será sí, no o espera. Pero sea cual sea, sus planes para nosotros son planes de bien y no de mal, para darnos un futuro lleno de esperanza (Jr 29,11). Solo debemos confiar. Esta alegría no ha sido fácil de llevar. Tengo ya 34 años y padecí una enfermedad compleja por 16 años de mi vida; las probabilidades de tener un embarazo de alto riesgo son inminentes, como también la posibilidad de entrar en la nefasta cifra de parejas que pierden a sus bebés en los primeros trimestres, pero mi corazón está confiado en Él, en que Él es mi Padre y sabe qué es lo mejor para mí. Él nos prometió este regalo y nos está permitiendo gozarlo, pero aún si en su voluntad estuviese algo diferente, sigue siendo bueno y sigue siendo Dios, y sigue siendo Padre. Por esto la clave está allí, en confiar y descansar en Él. En medio de este duro desierto hubo muchos aprendizajes, que en un futuro artículo (porque este está interminable) les compartiré, acerca de cómo nos prepara Dios para ser padres, pero el más importante de todos ha sido este: confiar en Él. Confiar significa tener fe, y tener fe según la carta a los hebreos es:


“… tener la plena seguridad de recibir lo que se espera; es estar convencidos de la realidad de cosas que no vemos” He 11,1


En nuestra primera ecografía, tuvimos una experiencia súper fuerte. Llegamos con la ilusión de ese gran momento y la cara del perinatólogo nos empezó a preocupar. Era una mezcla de confusión con pánico y finalmente dijo: “Aquí no hay ningún embarazo. El útero está vacío y solo tiene una pequeña mancha, que quizá, solo quizá, podría ser el saco embrionario, pero en este momento no puedo decir que haya embarazo alguno. Lo que sí hay es un enorme quiste en el ovario derecho (mi único ovario bueno) que tenemos que volver a revisar en unas semanas y que puede explicar el por qué de tus síntomas”. ¡Oh Dios! ¿Se pueden imaginar? ¡La historia de un quiste se repite! Fue demasiado impactante, pero allí estaba mi Príncipe para sosegarme y recordarme lo que Dios había prometido: “No te preocupes amor de mi vida, allí hay un bebé y yo ya lo vi en mis sueños”¡Cuánto te amo amor de mi vida!


A los 10 días siguientes regresamos, y el perinatólogo, después de forcejear largo rato para meterme el aparato ese (era una ecografía transvaginal) porque estaba tan nerviosa que la tensión no lo dejaba penetrar, sonrió y dijo: “Ahora sí, tienen un perfecto saco embrionario, impecablemente localizado y adherido al útero, y un precioso embarazo de 8 semanas… ¡felicitaciones papás!” ¡Uao! El alma te vuelve al cuerpo y escuchas a Dios susurrarte al oído:

“Acuérdate quién soy yo”.

8 semanas de La Promesa


Y esta es nuestra larga historia. Ya vamos cursando la semana 12, con muchas náuseas, muchísimas, muchisísisimas, un cansancio que no puedo con él, (aunque poco a poco se me ha ido pasando), dolor en muchas e insospechadas partes del cuerpo (para pesar de mi Príncipe Encantado, ja, ja, ja, el que lo entendió lo entendió) pero con el corazón henchido de felicidad al comprobar la grandeza de nuestro Dios.


Seguiremos adelante con esta maravillosa aventura, hasta donde Él nos lo permita, porque de Él es y para Él es. Por esto se llamará Juan (Fiel a Dios)porque Dios ha sido fiel y nosotros queremos serle fiel, incluso en nuestras futuras generaciones (y en caso que mi Dios haya cambiado de opinión y sea una princesa, se llamará Ana (Dios se ha compadecido-Gracia) . Hoy los médicos no lo creen, somos de esos raros casos que dejan a la ciencia perpleja, pero que solo confirman que por encima de Dios ¡no hay nadie! Y ahí sí como dicen nuestros hermanos de Lazos: ¿Quién cómo Dios? ¡Nadie como Dios! ¿Y después de Dios? ¡Nadie como María! A Él la gloria por este milagro de amor. Y así fue… el día que Dios nos hizo padres. 
¡Gracias por leernos!

Papitos felices, testigos del amor de Dios.

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