Familia: Cuna de criminales o escuela de vida

Si el Señor no construye la casa, de nada sirve que trabajen los constructores; si el Señor no protege la ciudad, de nada sirve que vigilen los centinelas.

Salmo 127,1

Duele el alma al enterarnos cada día de noticias tan fúnebres y nefastas. Tanto odio y tanta descomposición social. Tantas personas inocentes -niños, hombres y mujeres- que mueren a diario, víctimas de este entramado de violencia, resentimiento y desolación.

Hoy me sumo al dolor y a la indignación de nuestro país, y de tantos otros que día a día tienen que ser testigos de nefastos titulares, que hablan de secuestros, torturas, violaciones o asesinatos. Pero de todo corazón convoco a que no dejemos esto en simples mensajes en redes sociales o corrillos de pasillo, para expresar nuestras dolorosas emociones. Es necesario hacer algo al respecto. Muchas veces ni cuenta nos hemos dado, que nosotros mismos, de una u otra manera hemos aportado a esta descomposición.

Leo y escucho los comentarios de tantas personas en respuesta a los hechos dolorosos y despreciables, de los que lamentablemente tenemos que ser testigos, y lo único que percibo en muchos, es odio y deseos de venganza. Se clama por una, en mi concepto, mal llamada justicia, exhibiendo en pleno nuestra tendencia punitiva y “enjuiciadora”. Claro que estoy de acuerdo con que hechos tan deplorables deben tener una consecuencia ejemplar, que exprese nuestra indignación y repudio total ante la atrocidad de crímenes de esas magnitudes, pero no perdamos de vista que el problema no es el síntoma… el problema es la causa.

Nuestras cárceles están atestadas de hombres y mujeres que pagan sus condenas, algunas “justas”, otras, producto de la negligencia o la burocracia, pero ¿Qué tan efectivo ha sido este sistema punitivo? La violencia, la deshonestidad, la agresión, la vulneración de derechos, entre muchos otros crímenes, continúan, incluso en un marcado incremento.

¿Qué es lo que estamos interviniendo? Pedimos cárcel, cadena perpetua y hasta pena de muerte para criminales, que dicho sea de paso no son más que seres humanos enfermos, pero no nos hemos dado cuenta, que cada que como padres o madres descuidamos a nuestros hijos, estamos aportando a un futuro criminal. Hemos perdido de vista que el abrazo que evitamos, el tiempo que negamos, la crítica que perpetuamos, está lesionando la salud mental de nuestros pequeños. No hemos hecho consciente, que la violencia, muchas veces soterrada y silenciosa, que sostenemos hacia nuestra pareja, a través de las interacciones de posesión y dominio, de las conductas de chequeo, de los estilos disfuncionales de comunicación, de los silencios que hieren, de las palabras que lesionan, son el caldo de cultivo para futuras manifestaciones patológicas, expresadas de múltiples maneras.

A que voy con todo esto; lo resumo en esta simple expresión: la familia es la escuela donde se gestan los más grandes ciudadanos, como también los más temidos criminales.

“Hemos perdido de vista que el abrazo que evitamos, el tiempo que negamos, la crítica que perpetuamos, está lesionando la salud mental de nuestros pequeños.”

¿Qué está pasando hoy en tu escuela, esa escuela llamada familia? Te indignas por el abusador que mancilla la inocencia de una pequeña (hecho deplorable y doloroso por demás) pero abusas de tus hijos con tus palabras de rechazo y desaprobación. Te rasgas las vestiduras por el secuestrador que priva de la libertad al ciudadano de a pie, pero le secuestras diariamente a tu pareja el tiempo de calidad y construcción. Vomitas tu ira (perdón por la fuerte expresión) por aquel que exhibe las más horrendas conductas humanas, pero se te olvida mirar al espejo y reconocer el daño que día a día le causas a quienes más dices amar.

Tienes todo el derecho a indignarte, pronunciarte y manifestarte ante la descomposición social, pero también tienes (tenemos, tú y yo) la obligación de asumir nuestra parte en este doloroso y lamentable flagelo actual.

Hoy, convirtamos nuestra indignación en hechos concretos de cambio. Revisemos nuestras prioridades. Capacitémonos para asumir con entereza el reto de ser familia. Busquemos ayuda si es necesario; dejemos de lado el orgullo y la soberbia que nos hacen creer que nos las sabemos todas. Escuchemos a nuestros hijos, dediquémosles el tiempo que merecen y necesitan. Apaguemos los celulares y encendamos los corazones. Revisemos nuestra relación de pareja, en pro de dejar de buscar culpables y empezar a asumirnos como co- responsables. Recuperemos lo perdido. Soltemos lo que hace daño. Pero, sobre todo, abrámosle un espacio en nuestra familia, al Único capaz de convertir las miserias humanas en grandes bondades. Hace dos mil años Jesús tuvo que nacer en un pesebre, porque no había lugar para Él. No sigamos repitiendo la misma historia. Volvamos a la espiritualidad. A la oración en familia. Al cultivo de principios y valores. Que nuestros hogares no sean más cunas de criminales, sino escuelas de vida.

Reitero: convirtamos hoy nuestra indignación, en hechos concretos de cambio.

¡Tu familia te necesita, tú la construyes o la destruyes!



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