La Adolescencia

La adolescencia es una de las etapas más difíciles de nuestros hijos. Hemos visto como los expertos se han dedicado a explicarnos acerca de lo que esta etapa implica y lo que debemos comprender de ella para ayudarles a nuestros hijos a salir victoriosos de ella.

Pareciera que tal vez pocas veces los expertos nos han enseñado a los padres cómo sobrellevar esta época de la vida llena de cambios para nuestros hijos, pero también está llena de cambios para nosotros, ya que debemos de manera adecuada afrontar un duelo; es decir, comprender y re-significar esa visión infantil y protectora que con la que los vimos durante su niñez, comprender que “ya no son niños”.

Durante ese duelo al que debemos enfrentarnos inevitablemente, nos podemos hacer preguntas, muchas preguntas y quisiéramos encontrar la mejor respuesta a todas ellas. Preguntas como ¿Qué le está ocurriendo? ¿En qué momento comenzaron los cambios? ¿Cómo podemos ayudarles? ¿Cómo sobrellevarlo sin desfallecer en el intento? Que si le damos el permiso o no, ¿Y si se enoja con lo que le estoy diciendo?, ¿cómo le pido un beso cuando sé que se muere de la pena de que lo vean sus amigos? Son algunas de las inquietudes que escucho con frecuencia en las consultas.

En definitiva, no sabemos cómo actuar por no traumatizarlo o empeorar la relación. Tantas dudas en medio de un día a día que se puede tornar difícil, en el que posiblemente tememos en pensar ¿Cuáles serán sus reacciones y cómo haremos para afrontarlas? y ni pensar en el fin de semana con todo lo que implica.

Y la verdad no es fácil, en una época en la que estamos sobre informados; en la que hay más de un millón de teorías que nos dicen qué hacer, cómo actuar y a veces no logramos ni siquiera escuchar nuestro corazón de madre o padre por temor a equivocarnos.

Es por esto, que más que pretender recordar a través de este artículo las anotaciones de cada teoría, pretendo invitar a las mamás, papás y cuidadores que nos leen a reconocer su potencial interno, a escuchar su corazón de padres, a seguir su instinto y empoderarse de este rol que nadie más puede asumir con la misma entereza. Sé que cada uno de nuestros lectores lo hace.

Hay varios asuntos que debemos tener pendientes con miras a cultivar una adecuada relación y no darle lugar a la “bendita culpa” que nos “da garrote” cada que aparece. Ese sentimiento que nos embarga de no haberlo hecho bien, de no haber tomado la mejor decisión.

En primer lugar debemos ser conscientes de que nuestras actitudes y nuestro comportamiento en general, determinan en gran medida el de nuestros hijos, y no me refiero específicamente al ejemplo que debemos darles, sin querer decir que éste no sea importante, sino al respeto y a la firmeza que debemos transmitirles a la hora de educarlos.

El respeto implica no dejarnos llevar por nuestra emociones; no educarlos con rabia o “en caliente” porque de este modo los lastimamos, dañamos su ser y su dignidad. Debemos aprender a educarlos sin lastimarlos, saliéndonos de esa vieja y errónea creencia de que a los adolescentes hay que hacerlos sentir mal para que aprendan, como si el solo hecho de adaptarse a su realidad, no fuera ya difícil. Respetarlos, también implica incluirlos y hacerlos partícipes de lo que sucede en nuestra casa, del estilo de vida que llevamos, de las decisiones que debemos tomar, pero sobretodo papás y mamás, de lo que tiene que ver directamente con ellos como los permisos otorgados y los acuerdos en horas de llegada a la casa.

Si los jóvenes se sienten involucrados y pertenecientes, también deberán sentirse responsables de las consecuencias de sus actos. La responsabilidad comienza con cada uno de nosotros. Nuestros jóvenes no deben pagar sus errores, deben aprender de ellos y nosotros como padres estamos para acompañarlos y enseñarles en ese proceso. Si sienten que deben pagar por sus errores o peor aún, si los hacemos sentir que la “deuda” es con nosotros, nos enganchamos de inmediato en un círculo de venganza, o tal vez en uno de poder en donde sentirán que se trata de un asunto personal y no de crianza y educación. De los errores se aprende, los errores representan una gran oportunidad de aprendizaje. La relación con nuestros hijos no debe estar basada en una lucha de poderes; son nuestros jóvenes y no el enemigo.

Como reflexión final, quisiera anotar que lo que somos con nuestros hijos es lo que traemos a cuestas de nuestra historia de vida, es lo que cargamos en nuestra “mochila afectiva”, recuerda que no somos como el maná, caídos del cielo. Tengamos presente siempre que sostener nuestra familia de un modo sano, implica capacitarnos en ese rol de padres y esto en gran medida, sugiere revisarnos como personas en los espacios destinados para ello, pero sobre todo, debemos confiar y empoderarnos para demostrarles la seguridad que necesitan para seguir recorriendo el camino de la vida.

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