La agresividad en los niños y adolescentes, a propósito del “bullying”

A través del tiempo la vida cambia, y cambiamos también los que estamos en ella; ya que comunicarnos es parte esencial de la vida que vivimos y poder transmitir nuestras emociones y pensamientos de diferentes formas a los demás constituye en sí, un medio de comunicación. Sin embargo, si bien comunicarnos y relacionarnos con el entorno es necesario para nuestro bienestar, también lo es sentir que se pertenece a un lugar, a un espacio, a un grupo, es decir al “combo” o “parche” como bien dirían los adolescentes y esa necesidad de sentirse incluido si que es determinante en el desarrollo del ser humano.

Cabe preguntarnos ¿Qué pasará con aquellos que sólo establecen la agresión como el principal medio para relacionarse? ¿Acaso humillar, insultar o golpear generan sensación de poder? ¿Qué pasará con aquellos que se unen con el agresor, acaso lo apoyarán en sus agresiones para sentir que son aceptados o aprobados “por alguien”? Y más aún: ¿Qué será de todo esto cuando quienes agreden o son agredidos son niños o adolescentes?
No es extraño escuchar a los padres de hoy en día decir que “en mi época también se insultaban, se daban patadas, se agredían y nadie se traumatizó por eso” y que “hoy en día a todo le llaman bullying”.

Es cierto que con toda seguridad, entre esa época y la actual, algunas diferencias sí existen las cuales, de un modo u otro, han influenciado en el modo de relacionarnos con los demás; no sólo las épocas cambian, sino los que habitamos en ellas como se mencionó al inicio del artículo, ajustándonos a los vertiginosos cambios entre una época y otra.

Nuestra cultura de la inmediatez sumado a la gran necesidad que sentimos los padres de ser “los mejores amigos de los hijos” en una época de avances y cambios vertiginosos, ha favorecido a que seamos personas menos comprensivos, con menos capacidad de tolerar la frustración y la adversidad. Hoy en día los niños y jóvenes lo tienen todo, y lo tienen en cuanto lo piden. Y lamentablemente como padres, corremos a satisfacerles sus más mínimos caprichos, con tal de que no se aburran o no se enojen con nosotros. Es importante preguntarnos como padres ¿De qué nos da miedo?, ¿A qué le tememos?, ¿Nos pasará algo muy malo si ponemos más límites?

Tengamos en cuenta que no en vano nuestros hijos adoptan actitudes y comportamientos agresivos en sus colegios a la hora de relacionarse con los demás; especialmente con aquel que demuestre debilidad, tenga un defecto físico notorio o con aquel que demuestre ser lo contrario: por ejemplo el más “pilo” y educado de la clase.

No sólo el que es víctima, ya sea de agresión o de bullying (que no son iguales), debe recibir ayuda emocional, sino aquel que lo promueve e incluso lo aplaude, para que pueda aprender otras formas de vincularse con aquellos que posiblemente no sean de su total agrado, para que pueda aceptar las diferencias y comprender que no todos tenemos que ser iguales y que es posible que otros compañeros rindan o se comporten de forma diferente a él, y así formar o desarrollar su propio criterio ante estos asuntos de la vida que, con toda seguridad, lo mantendrán alejado de formar el hábito de la agresión como forma de relacionarse.

Estimados papás, es cierto que sus épocas eran otras; con relaciones familiares de mayor calidad, con familias más sólidas, unidas, con más libertad de juego y expresión porque la vida era más segura y tranquila, e incluso, hasta pareciera que los valores han cambiado; especialmente aquellos que tienen que ver con el respeto y el buen trato ya no son tan visibles.

Pero aunque esta época sea distinta y “avanzada”, no exige que como papás nosotros también dejemos a un lado los límites, la autoridad y las normas; que son esenciales, no sólo para brindar seguridad a nuestros hijos, sino también para mejorar la convivencia con los demás.

“La verdadera disciplina no se impone. Sólo puede venir del interior de nosotros mismos.” 
Dalai Lama

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