Lo que no puedes perder cuando pierdes: afrontando el dolor que reside detrás de los duelos.

Lo que no puedes perder cuando pierdes: afrontando el dolor que reside detrás de los duelos

Se entiendo por duelo, el proceso psicológico de adaptación, que tiene lugar, tras una pérdida, una ausencia, una muerte o un abandono, que es permanente o se percibe como irremplazable.

A lo largo de la vida, nos enfrentaremos entonces a múltiples duelos como pueden ser:

  • Transiciones escolares
  • Mudanzas
  • Pérdida de amigos
  • Muerte de mascotas
  • Rupturas afectivas
  • Cambios evolutivos (niñez, adolescencia, adultez)
  • Pérdida del trabajo
  • Pérdida de posesiones materiales
  • Jubilación
  • Muerte de un ser querido

El duelo es, por tanto, ese proceso que requerirá cada persona para hacerle frente a su pérdida, y adaptarse a la realidad de continuar adelante, a pesar de ella.

Sin embargo, existe algo más, que se esconde detrás de estas pérdidas, que, en muchas oportunidades, es lo que nos lleva a encerrarnos, en lo que se ha considerado, un duelo patológico.

¿Qué reside detrás de ese dolor agudo y desolador que nos hace pensar que no podemos seguir adelante?

Decía el filósofo griego Epícteto, que lo que nos afecta no es lo que nos pasa, si no lo que nosotros pensamos de lo que nos pasa, y en el caso de los duelos, sí que se hace evidente. Analicemos entonces, qué es lo que se esconde detrás de nuestras pérdidas, y especialmente, qué es lo que no podemos perder cuando se pierde.

1. El dolor del desarraigo

Algunos duelos a lo largo de la vida como el que experimentan los niños cuando tienen transiciones escolares, o el que se puede llegar a vivenciar ante una mudanza, esconden detrás la incómoda sensación de no pertenecer. El miedo a soltar lo que ya es conocido y lanzarse a la incertidumbre de llegar a ser rechazado o no lograr habituarse.

Lo que duele cuando se pierde la sensación de ser perteneciente, es el sinsentido que esto conlleva. Duele la pérdida. Duele el miedo. Duele la inseguridad.

2. El dolor de la traición

Por su parte, duelos como la pérdida de los amigos o algunas rupturas afectivas, encierran un dolor mucho más profundo, que lesionan pilares fundamentales de la psique humana, como son la confianza y la autoestima. Saber que aquel a quien le confié mi vida, bien sea en una profunda amistad o en una relación amorosa, ha traicionado ese voto de confianza, duele, y duele profundamente. Duele, por cuanto creíste. Duele por cuanto entregaste. Pero duele también por la retumbante pregunta de ¿qué me faltó o qué hice mal?

3. El dolor del fracaso

Analicemos ahora uno de los duelos más soterrados que podríamos llegar a experimentar, y que en muchas oportunidades se disfraza de simple ira o de esa engañosa estrategia de desplazar hacia los demás, las responsabilidades que son solo nuestras: el duelo por la pérdida de un trabajo o por un proyecto que se vino abajo.

La frustración, es sin duda, una de las emociones de más complejo manejo en el ser humano; es como si ninguno de nosotros quisiera perder; como si nos rehusáramos a que las cosas no siempre saldrán como las deseamos, y que la vida continúa deparándonos nuevas oportunidades. El asunto es que, detrás de una pérdida de este tipo, radica un dolor más profundo, que es el dolor del fracaso. El dolor que se genera al pensar que no fui capaz, que no pude, que no lo logré, y la interpretación consecuente de esto: no sirvo, soy insuficiente.

4. El dolor de la inseguridad

Dice la Palabra de Dios, que dónde esté nuestro tesoro, allí estará nuestro corazón. Parafraseándolo un poco, me atrevería a decir, “donde esté tu tesoro, allí estará tu valor”. Y el valor de muchos, lo han encontrado en sus posesiones materiales, de tal manera, que cuando tienen que prescindir de ellas por una u otra razón, una profunda sensación de agobio se apodera de ellos. ¿Por qué? Porque lo que estoy perdiendo  no es un carro, una casa, un artefacto o un bien material; lo que estoy perdiendo es mi seguridad, aquella que deposité en el tener, olvidándome del ser. Duele perder lo que se tiene, porque se cree que lo que se tiene es lo que nos define.

5. El dolor de la transitoriedad

Con frecuencia hemos escuchado que crecer duele. Y no solo duele físicamente, como bien lo podría verbalizar un adolescente en pleno “estirón”, o un bebé, si pudiera ponerle palabras a sus quejidos incomprensibles, producto del

desarrollo de sus estructuras óseas; duele también saber que te estás haciendo viejo, y que con esto, se hace cada vez más evidente la realidad que tantos queremos evadir, de que un día ya no estaremos más en este plano terreno. Tenemos crisis de los 20, de los 30, de los 40, de los 50 y sigamos contando de ahí para arriba. ¿Por qué? Porque nos cuesta aceptar que estamos aquí de paso; que este no es nuestro destino final; duele saber que la fuerza, la belleza y la vitalidad irán en franco deterioro, hasta que nos llegue el momento de regresar a nuestro lugar de origen.

6. El dolor de la inutilidad

Y muy de la mano con el anterior, aparece el dolor de la inutilidad. Ese que reside detrás de la queja desesperada de aquella mujer que, en lugar de alegrarse ante su jubilación, llora inconsolablemente por causa de ella; o de ese hombre que se rehúsa a ser remplazado por alguien más efectivo, más productivo, más eficaz.

Duele. Duele porque no queremos sentirnos inútiles. Duele porque probablemente pusimos nuestro valor en el hacer. Duele porque al no poder hacer, erróneamente creemos que se amenaza el ser.

7. El dolor de la ausencia

Y finalmente, cómo no hablar de uno de los más complejos: el dolor de la ausencia. Esa ausencia que queda ante la muerte de un ser querido, de una mascota, o incluso de un personaje público, que aún sin conocerlo, se sentía tan cercano. Duele el saber que no estará más. Que no podrás acudir a él. Que ya no estará allí para ti. Y junto con su ausencia, otros atenuantes como la culpa, por aquello que no se debió hacer y se hizo, o la frustración, por todo lo que se pudo hacer y no se hizo. Duele, como en otro contexto lo dijera, un reconocido escritor en el título de su afamada novela: la insoportable levedad del ser.

Desarraigo, traición, fracaso, inseguridad, transitoriedad, inutilidad, ausencia: los dolores que se esconden detrás de las pérdidas, y que tejen delante de nosotros una encrucijada que nos obliga a decidir: crecemos o nos estancamos.

Ahora bien, ¿cómo hacerles frente para no permitir que nos consuman en su paso por nuestra vida? ¿Cómo afrontarlos y enfrentarlos para hacer de ellos catapultas y no anclas? Curiosamente, existe una palabra que podría, como antídoto infalible, dar trámite a cada uno de ellos. Y esa palabra es la fe.

Esa fe que te permite sentirte perteneciente donde quiera que estés y sin importar con quien estés. Porque tu sentido no te lo dan las personas, los lugares o las circunstancias, sino tu inalterable esencia como creación de Dios.

Esa fe que te hace inmune a la traición, sin que esta deje de ser dolorosa, pero que te permite independizar lo que te hicieron de tu valor como persona, entendiendo que es de humanos errar, y que en algún momento aquellos en quienes he depositado mi confianza pueden llegar a fallar, pero esto no compromete en nada mi suficiencia o mi valía personal.

Esa fe que te ayuda a convertir los fracasos en maravillosas oportunidades de crecimiento. Que te lleva más allá de esa actitud de conmiseración, ayudándote a pasar de la posición de víctima a protagonista.

Esa fe que te posibilita vivir ligero de apegos y de ataduras materiales, al lograr comprender que no vales por lo que tienes, si no por quien eres.

Esa fe que te permite trascender los años y te pone en una posición de eternidad, al vislumbrar que el paso por esta tierra es solo un abrir y cerrar de ojos en el reloj celestial, y que, en últimas, tu patria no es esta, pues perteneces a otro lugar.

Esa fe que te hace entrar en contacto con tus dones y talentos, como regalos de Dios para ponerlos al servicio de otros, pero que no representan tu identidad, tu esencia o tu valor, de tal manera que, no dependes del hacer, sino que trasciendes al ser, del cual nadie te podrá privar.

Esa fe que se hace presencia en medio de la ausencia, y que te acompaña a extrañar, agradecer, recordar y finalmente soltar, a quien ya no camina a tu lado. ¿Por qué? Porque realmente nunca estás solo. Aquel que es El Eterno, será tu dulce compañía, y junto a Él, estarán los recuerdos de aquellos seres de amor, que transitoriamente nos acompañaron en este viaje, iluminando nuestro camino.

En últimas, en esta vida tendremos muchas pérdidas, de principio a fin, pero lo que no puedes nunca perder cuando pierdes, es tu fe, pues esta será tu baluarte, tu guía y tu sostén.

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