Palabras de sanación: Experiencia de vida de una mujer que sanó su corazón

Dios, ilumíname con tu Espíritu Santo, sabes cuánto amo estas mujeres que me leen hoy, solo quiero brindarles un poquito de lo que tú me has dado a mí, ESPERANZA y Fe en tiempos de oscuridad, para que puedan ver que en ti se descansa y se es feliz, ten misericordia y regálanos el DON DE LA FE SIN MEDIDA…

Hace un tiempo creí estar totalmente derrotada con el aspecto que consideraba más importante en mi vida, a penas con 33 años ya había tenido 2 relaciones de pareja muy difíciles y una separación claramente dicha, había iniciado un camino hace algunos años que habían dirigido mis pies hacia el amor de Dios, pasando por retiros, encuentros, psicoterapeutas y demás que me ayudarán a encontrar sentido a la tormenta de mi vida sentimental. Y ahora que lo veo con otros ojos solamente fueron dificultades, en aquel momento era el fin del mundo para mí, y me veía en los ojos la tristeza, la derrota y frustración de haber perdido y haberme dado por vencida.

Y fue allí cuando en medio del llanto, el sufrimiento, la desesperación, la impotencia, la rabia y la frustración; apareció un nuevo retiro en mi vida: “Dios Reescribe tu Historia”, y esa pequeña ventana abrió una puerta en mi vida que me permitió cambiar la visión de mi situación desde una perspectiva psico-espiritual, era un inicio en la noche más oscura de mi vida que he llamado la muerte, la muerte a mí misma, a mis antiguos y retorcidos pensamientos, a mis miedos más profundos, a mis heridas y dolores que he persistido incansablemente en repetir y en donde te acostumbras a estar, o peor, a vivir en un mundo de ilusión que no existe.

Esos dolores de aquella hermosa y tierna niña que un día fui, al ver esa sonrisa inocente y ojos felices en una foto de cuando tenía 6 años, me motivó a tomar la decisión de caminar y buscar, a no detenerme y a tratar de recuperar esa alegría. Oré, le pedí a Dios, “Abba, Papá ayúdame con toda mi desesperación y dolor, ten compasión de mí.” Sola, en lo que un día había sido el lugar que soñé, mi hogar, y que hoy es mi “baticueva” que me recarga de cada batalla que he debido librar; llegué, desecha, a elegir este camino que me obligó a aislarme por primera vez de mi familia, de mi vida personal, laboral, académica y espiritual.

Inicié este camino que me llevó al fondo del foso de esa muerte, donde comprendí cómo ciertas cosas aparentemente insignificantes de mi infancia y mi juventud habían marcado mi manera de ser, de actuar y de amar; generándome apegos destructivos, y permitiendo maltratos, culpabilización, subyugación, necesidad de hacer feliz a los demás, ayudarlos y solo darme a mí misma, dejando de lado lo que yo soy, lo que pienso, lo que siento.

Empecé a entender cómo funciona mi mente, permitiéndome ver cómo puede ser nuestra peor enemiga que se encarga de lacerar nuestro corazón y se vuelve el dragón que guía nuestro pensar, sentir y actuar. Al transitar por ese camino conocí el PERDÓN, hermoso regalo, que tomé la decisión de dar y recibir, y aunque me llevó a dolores profundos, también liberó mi alma, y lo más importante, me pude perdonar a mí misma, por mis decisiones y mis equivocaciones. Y ya no las vi más así, comencé a ver cómo ellos se habían convertido en mis maestros… mis maestros del dolor que me enseñaron lo que es amar-me, perdonar-me, agradecer-me y tener fe; creer y crecer.

Al transitar por este camino, entendí y sentí que por más oscura que sea la noche, Dios te abraza y te dice: “No te lamentes, no te arrepientas, no te des tan duro, pues eres mi mayor creación, eres perfecta en tu imperfección, eres única y te he hecho para y por algo, no mejor ni peor que nadie, sólo TÚ. No te compares.”.

Empecé a entender que mi valor no está en lo que soy ante los demás, en lo que hago o tengo, mi valor es mayor a todo ello, es el amor infinito de Dios, que me ha servido desde antes, dándome un hogar, una familia y amigos, muchas oportunidades, pero ante todo unos amores, un poco disfuncionales, pero amor finalmente, que se convirtieron en mis maestros, trayéndome hasta este punto… Y por ello todo valió la pena.

Acepto mi pasado, acepto mi historia, (a ellos ¡gracias por todo! Y me despido, los dejo atrás, me libero y los libero de toda culpa o dolor), acepto mis decisiones pasadas, acepto mis miedos y lo más importante, me acepto a mí misma, amo mi ternura, mi sensibilidad, ser una soñadora incansable, me amo completa, lo que soy y lo que fui.

Antes lo que creí malo, fue lo que hizo de mí esa persona sensible y guerrera que les habla hoy, en ese transcurrir, Jesús me tomó de la mano, me levantó y me enseñó: No te rindas, levántate y sigue luchando, no tengas miedo, muere, pero resucita. Y al resucitar, entendí que Jesús saca vida de la muerte, oportunidad de la dificultad, alegría de la tristeza, amor del odio, perdón de la ofensa y sanación de la herida; y que nunca, nunca a pesar de la fea muerte, te deja sola; porque pone una palabra, una amiga, un abrazo, o la persona que menos imaginas para que te ayude y sientas su presencia.

Él es así, se vale de lo más pequeño y lo vuelve grande, al igual que la adversidad. Formamos parte de un gran plan que no depende de nosotros, por eso no podemos perder tiempo tratando de entender o descifrar la vida, solo hay que vivirla, vivir cada instante, aprendiendo a moverte con los cambios y las circunstancias, pues nada es estático y todo es cambiante.

Agradeciendo el pasado y orando por el futuro, aprendí que la voz más importante que debo escuchar es la de mi corazón, pero acompañada de mi conciencia para no dejarme llevar de la emoción del momento, pues en los brazos de la debilidad está la fuerza ansiosa de salir, que habla en silencio y en soledad, que cada día es un banquete de infinitas posibilidades. Nunca deja de pasar algo, solo se deben abrir bien los sentidos, sacar la basura de la mente, aceptar las emociones, modularlas, siendo consciente de mis opciones y responsable de mis acciones, ver la vida con risa y con humor. Aprendí a reírme de mí misma y que no me debe importar en exceso lo que piensen los demás, ya no soy ni seré víctima o victimaria, y si me equivoco nuevamente me levantaré y aprenderé, confío en mí, he descubierto mi propia naturaleza, mi mapa.

Logré entender que todo ocurre en el momento en que debe ser, no antes ni después, no hay afán, ni normas estrictas a cumplir, mi vida es y será un camino, no un destino o una checklist a cumplir. Entendí que la felicidad es una decisión que tomamos y poco a poco va surgiendo desde nuestra verdad, nuestra aceptación sincera a nosotros mismos, a lo que es y fue, y que debo asumirla con fuerza y decisión. También comprendí que las dificultades no se irán, pero tengo lo cierto en lo incierto, que es el abrazo de Dios y la esperanza de un hoy y un mañana mejor. No estoy sola, no tengo miedo, estoy en paz conmigo misma porque la fe es la certeza de un mañana mejor que no conoce el ocaso y disipa la niebla en la noche oscura llamada muerte, que se levanta por encima y se convierte en resurrección o renacimiento

HOY RENAZCO A MÍ, A LA VIDA CON LA CERTEZA DE LA ESPERANZA.

Autora: Valiente de Sanar para Amor Cohorte VIII

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