Señor ¡Que mis lágrimas no me impidan verte!

Era el primer día de la semana, pero no cualquier semana, la semana que transcurría después de todo el alboroto y el desazón. Jesús había muerto. Y con él, las ilusiones de muchos. ¿Qué pudo haber pasado? Si era tan poderoso, tan lleno de amor; si sus palabras penetraban hasta lo más hondo del ser; si su vida era hacer el bien. Cuánta incertidumbre pudo estar presente en el corazón de María, aquella mujer de Magdala, fiel discípula del Maestro, de quien habían salido siete demonios.

Aquella mujer que había visto y vivido tan de cerca el milagro del amor, del perdón que cubre multitud de pecados. Aquella mujer cuya vida había cambiado para siempre. Había encontrado una razón de ser, porque Jesús le miró como nunca nadie le había mirado. Le dio sentido. Le dio fuerza. Le dio amor. Pero ahora Jesús no estaba; había muerto, y para colmo se habían robado su cuerpo, o por lo menos, eso era lo que ella creía.

“María se quedó afuera, junto al sepulcro, llorando.” Jn 20,11


Llorando, junto al sepulcro. ¡Oh Dios! Cuánto calan en mí estas palabras. Porque muchas veces yo también he estado allí: junto al sepulcro, llorando. El sepulcro simboliza la muerte, la desesperanza, la frustración. El sepulcro señala tus sueños frustrados, tus ilusiones perdidas; todas aquellas cosas que tal vez por tanto tiempo anhelaste pero que ahora yacen inertes junto con la alegría que solía acompañarlas. ¿Y qué más se puede hacer junto al sepulcro, si no llorar? Esta es la respuesta propia de los seres humanos, cuando algo no va bien, cuando las cosas no salen como las estábamos planeando, cuando la tragedia toca a nuestra puerta y el dolor se cola inclemente en nuestra historia. Lloramos. Sí, lloramos. Y nuestras lágrimas nos impiden ver más allá. Nos impiden verlo a Él.


“Mujer, ¿por qué lloras? Ella les dijo: -Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto. A penas dijo esto, volvió la cara y vio allí a Jesús, pero no sabía que era él.” Jn 20, 13-14


Allí estaba el Maestro. Allí estaba a quien ella buscaba y por quien lloraba. Pero sus lágrimas no le permitieron verlo. Y hoy me pregunto cuántas veces a ti y a mí nos pasa igual. Estamos llorando desconsolados por esa dolorosa prueba; por la pérdida de ese ser querido; por ese matrimonio fracturado y a puertas de la separación; por ese hijo indolente y desconsiderado; por esa enfermedad que está carcomiendo todo; por esa crisis económica que nos ahoga y no nos deja avanzar. Es el dolor que nos tiene frente al sepulcro. Es el no entender. Es el no poder. Es el rendirse. ¿Por qué lloras? pregunta inicialmente el ángel, cuando ella se voltea para responder, la respuesta a su angustia se erige ante sus ojos. Él está allí. Es Jesús. ¡Ha resucitado! Pero no le ve. Como no le vemos tú y yo. Porque Él está ahí, siempre ha estado ahí. Está en tu prueba, está en tu pérdida, está en tu matrimonio, está en tus hijos, está en tu enfermedad, está en tu crisis. Está allí. En tu sepulcro. En el lugar donde yacen tus sueños. Él está ahí. De pie sobre la muerte, como el Señor de todo, porque ni el sepulcro pudo gobernarlo. Y si venció a la muerte, ¿crees que no será capaz de vencer tu dificultad? Y si dejó la tumba vacía, ¿crees que no podrá ser Señor sobre tus problemas y vicisitudes? ¡Claro que puede! Y hoy, como otrora lo hiciera con María, te llama por tu nombre y te dice:

“No temas. Alégrate, porque yo he vencido”


Seca tus lágrimas y mira más allá. Mira al que está de pie sobre tu sepulcro. Al dueño de la vida. Al que tiene control sobre todo y todos. Mira al que te amó, al que te redimió y te dio sentido, propósito y vida. ¡Él vive! y con Él viven tus sueños, viven tus esperanzas, vive tu fe. Por más oscura que parezca la noche, por más trémulas que parezcan las aguas, Él sigue estando al control. Seca tus lágrimas y míralo. Está allí. Sobre tu sepulcro. Ha vencido. Ha resucitado. ¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Aleluya!


No permitas Señor que mi dolor me impida verte. No permitas que mis lágrimas escondan tu rostro de mí. Quiero escucharte llamarme por mi nombre y al instante recordar que tú eres mi Señor, que vives y que estás por encima de mis circunstancias. Me escondo en el hueco de tu mano y me amparo bajo tu abrigo, porque tú eres mi Rey, mi Padre, mi Amor y sé que nunca me dejarás. Amén.

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