Entre la madre que quería ser, la que debía ser, y la que pude ser

Entre la madre que quería ser, la que debía ser, y la que pude ser

En varias oportunidades ya, he leído y escuchado a diferentes profesionales coincidir con el mismo pensamiento: nunca antes fuimos tan buenas madres, como cuando no teníamos hijos. Y yo no soy la excepción.

Recuerdo que antes de ser mamá, con esas ínfulas de psicóloga sabelotodo, que de tanto en tanto dejaba ver, solía decir a boca llena, cosas como que, cuando yo fuera madre, mi hijo jamás me haría una pataleta en público; que en la Eucaristía estaría sentado a mi lado, sin incomodar a nadie, escuchando al sacerdote ofrecer su homilía; que no sería uno de esos niños pataletosos, que, en mi imaginario, no eran otra cosa, que producto de la falta de “autoridad” de sus padres. ¡No! Yo no sería ese tipo de mamá, y ese no sería mi tipo de hijo. Palabras más, palabras menos, sería una madre presente, capaz de cubrir sin defecto las necesidades emocionales de mi hijo, con el equilibrio adecuado entre amor y límites; y, además, continuaría siendo una esposa dedicada, que jamás descuidaría a su esposo, y que mantendría siempre claras sus prioridades; sin dejar de lado la pretensión de que por encima de todo esto, seguiría siendo una mujer elegante, siempre puesta en su lugar, que jamás llegaría a esos estados de abandono de tantas mujeres, que al convertirse en madres, se olvidan de sí mismas. Pero luego, me convertí en madre. Una madre real. No imaginaria. Una real. Y todas estas fantasías de mi imaginación se vinieron abajo, dejándome suspendida entre la madre que quería ser, la madre que ahora debía ser, y finalmente, la madre que verdaderamente podía ser.

Y es que en estas tres expresiones describo perfectamente la vivencia de mi maternidad.

La madre que quería ser

Primero estuvo la madre que quería ser. Esa que les acabo de describir. Una madre perfecta, cuasi extraterrestre, que solo existía en mi imaginario, pero que, en últimas, la había venido construyendo desde muchos años atrás.

A esa mujer que cargaba a su hijo en tacones, mientras con la otra mano revolvía un delicioso estofado en la cocina, y que con picardía le robaba un beso a su esposo cuando pasaba a su lado, la había formado a lo largo de mis primeros años de vida. Novelas y películas de Disney, habían contribuido de forma significativa a esta peculiar creación, pero, sobre todo, el mayor insumo de esta mujer ficticia, se encontraba en mi niñez, y en mi deseo vehemente de ser la antítesis de mi propia madre; aquella mujer a quien hoy tanto valoro y reconozco, pero que en su momento me proyectaba todo lo que yo no quería ser cuando fuera madre. Mi mamá, en una de sus más valientes decisiones, se dedicó de tiempo completo a nosotros. Era lo que, de mala manera llamamos, una madre de tiempo completo, por el hecho de no trabajar por fuera, y poder estar de forma permanente con sus hijos y encargada de los quehaceres del hogar. Éramos tres, con apenas unos 18 meses de diferencia entre nosotros, y un caserón de interminables espacios, como siempre fue característico de nuestra familia. Y ella, se hacía cargo de todo: despertarnos, cocinarnos, despacharnos, atendernos, recibirnos, monitorearnos, regañarnos, sermonearnos, y por supuesto, a su manera, amarnos. La primera en levantarse, la última en irse a la cama, estaba siempre revoloteando por toda la casa, con una escoba, un trapero, un trapo engarzado en su falda, y su voluminoso cuerpo que hacía juego con su estruendosa voz. Y justo la relación conmigo fue la más difícil, por muchas razones que ahora como psicóloga y madre comprendo, pero que en su tiempo solo me llevaban a seguir fabricando a esa madre ideal, que, al no haberla tenido, me prometía a mí misma sería la madre en la que me convertiría, cuando la vida me diera la oportunidad. Y no contenta con pensarlo, más de una vez se lo verbalicé: “el día que yo sea madre, seré todo, menos una madre como usted”. ¡Cuánta insensatez, por Dios!

La madre que debía ser

Después, como un regalo de Dios llegó mi más anhelada bendición: mi hijo. Así que, era hora de hacer uso de todo lo leído y aprendido durante el embarazo, en el que me devoré, decenas de libros que me permitirían ser la mamá que ahora, desde una nueva mirada, yo debería ser. Ya no la de los tacones y la vida perfecta. Si no una mamá real, pero que haría todo lo que tenía que hacer una buena madre: lactancia materna exclusiva, apego seguro, colecho, movimiento libre, porteo, alimentación complementaria saludable, libre de azúcares, cero celulares, cero pantallas, cero guarderías. Siempre disponible. Siempre sensible. Siempre asequible. Y pude lograrlo medianamente, durante un tiempo, hasta que mi cuerpo se estalló, y gritó con fuerza, lo que por meses estaba haciéndole callar: ¡No podía! ¡No era capaz! ¡Por más que lo anhelaba, siempre me quedaba haciendo falta algo! Y lo que es más grave, si bien, muchas cosas, aparentemente estaban bajo mi control, el precio que estaba pagando por ello era demasiado alto. Me sentía cansada. Me sentía agotada. Me sentía desbordada.

La madre que podía ser

Me había convertido, ahora sí, en una madre real. No la del imaginario construido por mis vacíos de infancia; no la de la teoría y la del deber ser alimentada por todos los libros, cursos y seminarios; me convertí en una madre de carne y hueso, a la que el tiempo se le había transformado en un bien escaso y esquivo; que de tanto en tanto deambulaba como zombie, por causa de la privación de sueño; que se había desconectado totalmente de su esposo porque su cuerpo no le daba para tanto; una madre que ahora acompañaba en su camino, a un niño real, demandante, activo, exigente, atiborrado de emociones y sensaciones, y carente de capacidad para gestionarlas. Era momento de encararme con mi realidad. Me había propuesto ser el tipo de madre que idealizaba ser; después, me había impuesto ser el tipo de madre que se suponía, debía ser; pero nunca me pregunté, ¿cuál era el tipo de madre que podía ser? Una madre que no respondiera a los estándares de sus propios vacíos, si no al escenario de sus propias posibilidades; una que fuera fiel, no a lo que decían las teorías, sino a lo que su innegable humanidad la invitaba. Una madre real. Una madre frágil. Una madre inexperta. Una madre imperfecta.

Así que me abracé en mi innegable imperfección y me recordé a mí misma que no podía dar más de lo que estaba en capacidad de dar, y que esto no implicaría el descuidar a mi hijo o hacerle daño sin reparo. No. Simplemente implicaba dejar de azotarme tan fuerte, con ese látigo mental con el que solía infligirme tanto dolor; soltar aquello que no podía controlar, y aceptar aquello que día a día llegaba para ayudarme a crecer y en medio de mis desaciertos, me permitiría seguir aprendiendo.

Quería ser una mamá 24/7, pero me di cuenta que, si me quedaba sin ejercer mi profesión, me reventaría por dentro. Tenía que aceptarlo y esto no me convertía en una mala mamá, simplemente en una madre que iba a estar todo el tiempo que le fuera posible con su hijo, pero que también paralelamente continuaría con su proyecto profesional.

Los expertos de la crianza respetuosa, me decían que el colecho era lo mejor para los bebés; pero ya no podía dormir con unos traviesos piececillos que en cualquier momento se clavaban en mis muslos, mis costillas y hasta mi nariz. ¿La peor de las madres? ¡No! Solo una madre cansada, que logró dormir un poco más, cuando dejó a su hijo durmiendo solo en su habitación. Claro está, sin llantos ni rechazos sistemáticos.

Está demostrado que el azúcar es perjudicial para la salud; que crea dependencias y es uno de los principales factores de riesgo para la aparición de caries en los dientes. ¡Sí! Es totalmente cierto e irrebatible. Pero ya no podía combatir más con mi esposo, (un bello adicto al azúcar) quien debajo de cuerda le daba golosinas y lo invitaba a helados. ¡No estoy de acuerdo! Le dije, pero este es el hombre que escogí, para que juntos nos aventuráramos en esta travesía llamada familia. Eso sí, trato de cuidar su dieta desde otros frentes, y me esfuerzo por cultivar en él, una buena higiene dental. A lo mejor, algún día lograremos que, en casa, todos tengamos maravillosos hábitos alimenticios.

Pantallas rotundamente prohibidas, hasta después de los 2 años. ¡Lo sé! ¡Lo sé! Y me acuso de falta porque sin haberlos cumplido aún, en más de una oportunidad le he dejado quedarse a nuestro lado, cuando no aguantábamos las ganas de “arruncharnos” en el sofá y ver aquella serie que llevábamos meses esperando. Y qué decir de aquel enemigo acérrimo llamado celular, ante el cual he sucumbido en oportunidades, cuando literalmente he requerido que se aquiete, antes de yo salirme por completo de mis casillas. ¿Irresponsable? Sí. Estos aparatos dañan su cerebro y no deben estar al alcance de ellos. Lo reconozco, lo enseño y lo defiendo. Pero esta es mi realidad. Soy una madre que dista mucho de la perfección, que cada día se esforzará por entregarle lo mejor a su hijo; que trabajará incansablemente en ella para llegar a mayores niveles de consciencia; que seguirá investigando, indagando y adquiriendo nuevas herramientas que le permitan hacerle frente a los retos de la crianza, pero por ahora, esto es lo que hay, y por amor a mí misma, y por salud mental, me niego rotundamente a seguir haciéndome daño, viviendo en el contiguo parangón de la madre que debería ser, y la que verdaderamente puedo ser.

Le agradezco con el alma a aquella mamá de tacones y genio imperturbable que por años me acompañó en mi cabeza; gracias, porque me llenaste de esperanza y deseos de ser mejor.

Y a aquella mamá de libros, deberías, estadísticas y autores, no puedo más que decirle: gracias. Gracias por darme tantas herramientas y abrirme la ruta de guía, para este camino que me queda por recorrer.

Pero a ella, a la mamá que habita en el alma detrás de los dedos que digitan este texto, le quiero decir: te perdono, te acepto, te amo, te abrazo. Te perdono por equivocarte tantas y repetidas veces; sé que estás dando lo mejor que estás en capacidad de dar y que día a día estarás más equipada para hacerlo mejor. Te acepto, con todo y tus imperfecciones, porque estas, son las que te hacen verdaderamente genuina, auténtica, real. Te amo, porque eres el reflejo pleno de ese Dios grande y de infinito amor, que no pudo haberse equivocado al hacerte madre.

Y de la misma manera que lo hace aquel pequeño que a lo largo de sus cortos años, nunca ha reparado en si eres la que soñaste, la que deberías o la real, te abrazo, porque para él solo has sido justo lo que ha necesitado: su mamá.

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