Los súper poderes de mi bebé

No sé si lo sabían pero mi bebé nació con súper poderes. Sí. Sé que es difícil de creer, pero es cierto y quiero contarles al respecto.

Sus súper poderes son increíblemente asombrosos, y lo digo con tanta certeza porque ha sido, precisamente en mí, donde se han manifestado de forma directa (aunque por ahí me han llegado noticias de otras personas en quienes también ha tenido influencia); es que es definitivamente impresionante.

Todo comenzó el día que supe que estaba embarazada; allí se manifestó su primer súper poder: la fe. ¡Es que yo no podía tener hijos! Me lo habían hecho saber de mil maneras durante 17 años devida y 4 años de matrimonio. Pero mi Pulgo traía el súper poder de ser el cumplimiento de las promesas de Dios. Los médicos no pudieron… pero Dios sí pudo, y por eso le dio ese súper poder.

“¿Cómo podrá suceder esto? Preguntó María al ángel, y este le contestó: “Para Dios no hay nada imposible” Lc 1, 34-35

Pero esto no es nada (bueno, realmente sí es mucho) pero quiero hacer énfasis en sus otros súper poderes, porque conociéndome como me conozco, estos sí que me han dejado sin palabras. ¡Me hizo fuerte! Oh Dios, qué gran súper poder este. Toda la vida me consideré, y de hecho me llamé a mi misma así, la gallina más gallina de las gallinas, ja ja ja, ¿por qué? Porque mi umbral del dolor es paupérrimo. ¡Todo me duele! Hasta el el pelo. (Y estoy hablando de forma literal). Con decirles que cada que iba a que me arreglaran las uñas mi manicurista se burlaba de mí y me decía: “No mija, usted cómo va a tener un hijo entonces”… pero con lo que ella no contaba, y siendo honesta yo tampoco, es que mi Pulgo traería el súper poder de hacerme fuerte. Mi embarazo y parto fueron toda una odisea: náuseas que nunca se fueron, inflamación permanente de mis pies y tobillos (subí tres tallas de calzado, al punto que ya no habían zapatos en el mercado tradicional que me sirvieran), desarrollé diabetes gestacional con todas sus implicaciones, un síntoma que fue de lo peorcito, que me tuvo incapacitada los últimos dos meses y fue una pubalgia severa (dolor punzante en el pubis) que me impedía caminar, sentarme, levantarme y moverme con facilidad; después vino un rompimiento prematuro de membranas, un trabajo de parto de 17 horas, con código rojo incluído porque me estaba desangrando (alcancé a ver la luz a través del tunel, jajajaja), la estadía en sala de recuperación por 9 horas más, 2 días de hospitalización, una interminable episiotomía, un desgarre interno a nivel uterino, en fin… y esto solo por contarles algunos. Múltiples momentos donde me dije a mi misma y a mi Príncipe: “yo no voy a ser capaz”. Pero allí se manifestaron sus súper poderes, y gracias a ellos escuché en mi corazón la voz de Dios que me decía:

“Yo no te dejaré pasar por pruebas más duras de las que tú puedas soportar. Por el contrario, cuando llegue la prueba, te daré también la manera de salir de ella, para que puedas soportarla”. I Co 10,13 

¡Y sí que pude! ¿Díganme si eso no es tener súper poderes?

Y aún hay más: asesinó por completo mi egoísmo. Desde el mismo momento en que supe que estaba en mi vientre, ya no se trataba solo de mí, había una responsabilidad adicional que me implicaba pensar muy bien antes de actuar: qué iba a comer, a dónde iba a viajar, qué iba a hacer. No había paso que no midiera antes de dar. Y después lo tuve en mis brazos, tan frágil, tan pequeño, tan dependiente, y supe que mis noches no volverían a ser las mismas (toda la vida me encantó dormir como marmota), pero ahora la vigilia sería mi compañera; necesitaba estar ahí, velando por su sueño; siempre lista y dispuesta a darle mis brazos para que no se sintiera caer; a brindarle mi calor para que lo hiciera su seguridad. Mis pechos se tarjaron por mi inexperiencia y falta de técnica, pero aún con lágrimas en los ojos, debía saciar su hambre, que no solo era de leche, sino hambre de amor, de apego, de mamá. Nunca creí que pudiese hacer algo así por alguien, pero por él lo hice sin pensarlo. Ya no se trataba de mí, se trataba de él. Allí estaba su súper poder mudando mi corazón egoísta en un corazón oblativo, en un corazón de madre, un corazón que cada día se parecía más al corazón de Dios. 

¡Ay bendito! Y podría quedarme toda la tarde contándoles más acerca de sus súper poderes, como el de transportarme a lugares inimaginables con su sonrisa, o el de solidificar mi relación con el Príncipe (mi esposito, para quienes no lo conocen) o el de llevarme a otro nivel de relación y comunión con Dios; pero ya se haría demasiado extenso el texto, mucho más de lo que ya es… pero estoy segura que ha quedado totalmente demostrado la veracidad de mis palabras. Mientras escribo lo sostengo en mi pecho con un fular, pero la verdad es que es él quien me sostiene a mí. ¿Y cómo no? Si es que nació con súper poderes. 

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