Vi el titular y no supe realmente qué pensar; si era realmente valiente aquella posición de determinar el día y la hora del final de su vida ante el diagnóstico de la enfermedad recibido, o si por el contrario el temor (supremamente válido) al dolor y al sufrimiento, ante la inminencia de lo que sucederá con el deterioro que es obvio en dicha enfermedad, le llevaba a aquella mujer a querer practicarse una eutanasia.

Hablo del caso de Marta Sepúlveda, una mujer antioqueña, que padece una enfermedad tremendamente dolorosa y difícil de cuidar, quien había solicitado y recibido la autorización para practicarse un procedimiento de eutanasia, para terminar con su vida en días pasados.

Marta, tenía todo listo: fecha, hora, lugar; justo antes del procedimiento, la entidad encargada de realizar el procedimiento, determinó cambiar la decisión y suspender el acto de practicar lo pedido por la paciente.

Le he dado vueltas al tema toda la semana, y me resta solo pensar en: ¿Desde dónde estamos viendo el asunto?, las posiciones no pueden estar más encontradas, desde la bioética, la religión, las emociones, la prensa, los unos y los otros; al final del día Marta sigue viva, y muchos como ella, deseando terminar con un dolor y un sufrimiento.

Dios es el dueño de la vida y el que la ha iniciado, por ende, en el argumento religioso, no podemos prescindir o decidir sobre algo que no hemos iniciado nosotros, sin embargo, pregunto temerosamente, ¿hasta dónde decir que la vida es mía, me permite argumentar cuándo y cómo terminarla? Lo que es mío es la vida, no lo que venga después de ella.

Comprendo el dolor de Marta, y no solo el suyo, han revelado los medios que son varias las peticiones de pacientes terminales en situaciones complejas que han pedido terminar su vida de forma legal, bajo las difusas normas que rigen en nuestro país frente al tema.

Comprendo el desgaste, la fatiga, la dificultad de las familias que atienden a personas con situaciones complejas en su salud (lo he vivido en carne propia) y continúo pensando en la palabra que centra mi reflexión: decidir.

Hemos sido llamados a la vida, tal y con lo que trae. La precariedad, la enfermedad, pero también la sonrisa, los logros y las cosas que salen bien, pensar (desde una perspectiva existencialista) que a la vida se le pueda editar algunos elementos no es posible, y si no, la edito yo al querer morir cuando lo molesto y doloroso aparezca, la vida ya no sería la vida, sería un catálogo de emociones y experiencias.

Decidir vivir, creo que implica el reto de decidir enfrentar y enfrentarse, seguir existiendo y siendo aún en las situaciones que nos parezcan menos favorables, o peor aún, solo perpetuarse en un aparente estado de felicidad que no tenga ninguna alteración, a mi parecer, tal vida no existe, o al menos no es la que esté asociada a la condición humana de finitud.

Si bien la única seguridad es la muerte, ¿de dónde surge la opción de “adelantarla”? Entonces porqué no más bien, adelantamos lo bueno: los gestos de amor, la solidaridad, la música, los abrazos, los besos, las carcajadas, los viajes, los partidos de fútbol, las siestas, las serenatas, los chistes flojos, en fin… todo lo que podamos hacer mientas podamos decidir vivir,  pues de todo esto no se tiene seguro nada, y lo postergamos todo el tiempo, por no tener tiempo; prefiero adelantar lo vibrante de existir antes de querer irme, ya sea porque la hermana muerte me sorprenda o me venza lentamente, prefiero llegarle con todo adelantado, a querer adelantármele a ella. No perdemos nada con vivir, y vivir mientras podamos.

Vayámonos sin nada pendiente, con todo hecho y disfrutado, vivamos en un gerundio constante, amando, cuidando, sonriendo, trabajando, soñando, muriendo (de a poco, cada día es un día menos) pero visto desde la esperanza de que ojalá todo lo que sea bueno y sirva a otros, pueda lograrlo hoy, ya que mañana no se si lo pueda hacer, o me dejen.

Yo decido adelantármele a la muerte, viviendo.

Manuel Eduardo Puig Durán Gómez , Coordinador de comunicaciones y Marketing , Clínica Para La Familia.

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