EL QUE CREE EN MÍ, AUNQUE ESTÉ MUERTO VIVIRÁ. EL SANADOR DE ALMAS Y EL DUELO POR MUERTE.

Entonces Jesús les dijo claramente: —Lázaro ha muerto. Y me alegro de no haber estado allí, porque así es mejor para ustedes, para que crean. Pero vamos a verlo. … Cuando Marta supo que Jesús estaba llegando, salió a recibirlo; pero María se quedó en la casa. Marta le dijo a Jesús: —Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora Dios te dará todo lo que le pidas. Jesús le contestó: —Tu hermano volverá a vivir. Marta le dijo: —Sí, ya sé que volverá a vivir cuando los muertos resuciten, en el día último. Jesús le dijo entonces: —Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que todavía está vivo y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto? Ella le dijo: —Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo. Después de decir esto, Marta fue a llamar a su hermana María, y le dijo en secreto: — El Maestro está aquí y te llama. Jn. 11, 14-15. 20-28 

Jesús, en su vida pública tuvo grandes amigos: sus apóstoles, las mujeres que lo seguían, uno que otro fariseo que había aceptado su mensaje, y muchos otros que seguramente el evangelio no nos menciona. Pero, en medio de todos sus amigos, había una familia de Betania que le era de especial afecto: Lázaro, Marta y María. Se dice de esta última que fue la mujer que derramó perfume sobre los pies del Señor y los secó con sus cabellos; la misma que, mientras su hermana Marta se afanaba por atender a Jesús con muchos quehaceres, prefirió quedarse sentada, escuchando su mensaje. Eran amigos íntimos, sin lugar a dudas, tanto así, que cuando Lázaro enfermó, sus hermanas mandaron a decir a Jesús: —Señor, tu amigo querido está enfermo.

Él era el Sanador de almas, le habían visto hacer cientos de milagros: devolver la vista a los ciegos, hacer a los sordos oír, levantar a los paralíticos de sus lechos y a los leprosos dejarlos limpios como blanca nieve, y ellos eran sus amigos, así que esta enfermedad de Lázaro no tendría por qué «quedarle grande».

Pasó el primer día, y seguramente pensaron que habría tenido un contratiempo de viaje. Al segundo, se cuestionaron si acaso le habría pasado algo. Al tercero, Lázaro empeoraba y la muerte se asomaba, amenazante. —¿Dónde estará el Maestro? —probablemente se preguntó María. —Pero, ¿en qué estará pensando Jesús? —seguramente increpó Marta—. Llegó el cuarto día, y Lázaro, su amigo… murió.

Se lee rápido, pero si nos detenemos y lanzamos una mirada empática al cuadro, probablemente, lo que Marta y, especialmente María, debieron vivir, no debió ser algo muy grato.

Perder a un ser querido te puede llevar a sentir que se te han robado un pedazo del alma: el no entender el porqué de su partida, el ahogarse en el vacío de su ausencia, la fuga de respuestas y la asechanza de preguntas. Cuestionarse una y otra vez, qué hubiese podido pasar si… Si me hubiese dado cuenta de su enfermedad, si no hubiésemos ido a ese sitio, si lo hubiesen atendido antes, si no le hubiese dejado solo, si… si… si…

Te debates una y otra vez entre lo que pudo ser y no fue, entre todo lo que se debió haber dicho y no se dijo, y lo que no debió haberse escuchado y se escuchó. Tantas cosas que quisieras cambiar, pero el tiempo, ese que no da tregua, te ha robado la oportunidad.

Seguramente, Marta y María vivieron todo lo que tú —si has perdido a un ser que amas— has podido vivir, pero con un agravante: ellas contaban con su amigo Jesús, y este, les falló. O a lo mejor me equivoco, y el panorama de Marta y María no es tan diferente al tuyo, porque tal vez en este momento tú estás sintiendo lo mismo: sientes que Jesús te ha fallado, te ha dejado solo, ha ignorado tu oración.

¿Por qué tenía que morir mi bebé? ¿Por qué mi esposo y no el borracho que lo atropelló? ¿Por qué mi madre, si tanto bien le hacía a los demás? ¿Por qué él, si era tan piadoso? ¿Por qué ella, si era tan buena? ¿Dónde estabas, Jesús? ¿Dónde estabas mientras yo te imploraba que le salvaras? ¿Acaso tenías cosas más importantes qué hacer? ¿No alcanzó mi oración a entrar entre tu lista de pendientes? Preguntas que emergen una y otra vez, y que he podido escuchar de tantas almas enfermas por el dolor, por la ausencia, por la pérdida.

Cuando Marta supo que Jesús, cuatro días después de haber sido llamado, por fin había llegado, no lo pensó dos veces y salió a su encuentro. Entre lágrimas de impotencia y de dolor le dijo: —Si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto.

Allí se estaban haciendo presentes la negación y la negociación, estas dos fases del duelo en las que nos negamos a creer que es real lo que está sucediendo, para posteriormente caer presos del «hubiera».

Marta está frustrada, y no teme expresar su frustración, como no debes temerlo tú, consciente de que es el Sanador de almas quien te está escuchando. Él ha venido, y está justo allí a tu lado, para ahogar tu dolor. Ha llegado para consolarte así tú pienses que lo ha hecho tarde. No la recrimina, no la juzga, no la señala, no le dice que su dolor no es para tanto ni mucho menos que ya es hora de que empiece a ponerse bien, tampoco le invita a pensar en que por lo menos le quedó otra hermana, o que agradezca que no se murió ella también. 

No. El Sanador de almas no dice eso, como a lo mejor te lo han dicho otros a ti. ¿Por qué? Porque Él sí que entiende tu dolor, porque si hay alguien que pueda pronunciar a cabalidad aquellas palabras que se han vuelto frase de cajón: «te doy mi sentido pésame», es Él. Él sí puede entender lo que tú estás viviendo. Él sí puede sentir lo que tú estás sintiendo, porque Él lo siente también. Si hay alguien que pudiese amar más a tu bebé que has tenido que entregar al cielo, ese es Él. Si hay alguien que pudiese amar más a tu esposo a quien le fue arrebatada su vida, ese es Él. A tu madre, a tu padre, a tu hermano, a tu amigo, a quienquiera que hayas perdido, no te quepa la menor duda de que Dios le amaba más de lo que tú hubieses podido llegar a hacerlo.

—Pero soy yo el que tendrá que vivir el vacío de su ausencia —puedes replicar con total validez. A lo que tengo que decirte: —Sí, serás tú quien lo viva, pero no lo vivirás solo, lo vivirás llorando con Aquel que siente, como nadie, tu dolor.

El versículo más corto de la Biblia está precisamente escondido entre las líneas de este pasaje: —Jesús lloró (Juan 11, 35). Es el más corto, pero a su vez, de los más grandes. Que Jesús llorara ante la tumba de Lázaro no es otra cosa que una muestra clara de su humanidad, pero también de su profunda empatía, conexión y compasión. Versículos antes nos describen que cuando María —quien a diferencia de Marta no había salido de inmediato a encontrarle, no sabemos por qué; me gusta pensar que era tan grande su dolor y decepción, que no sabría cómo volver a mirar al Maestro sin desmoronarse ante el peso de su desilusión— llegó donde estaba Jesús, y después de recriminarlo, por fin, como ya lo había hecho Marta, Jesús al verla llorar se conmovió profundamente y se estremeció. Él ya sabía lo que iba a pasar, ya incluso les había declarado a sus discípulos que esta muerte sería para la gloria de Dios, pero, aun sabiéndolo, no podía dejar de conmoverse ante tanto dolor.

Yo sé que en medio de todo lo que puedes estar experimentando tal vez hasta te has llegado a pelear con Dios y, créeme, que estás en todo tu derecho de hacerlo, incluso, con la plena confianza de qué Él no se molesta por ello. ¿Por qué? Porque te entiende. Porque te siente. Porque te conoce. Tú lloras, creyendo estar solo, pero Él llora contigo para aliviar tu soledad. Tú lloras ahogando tu pena, pero Él siente tu pena para ahogar tu dolor.

Al ver los judíos llorar a Jesús exclamaron: —«¡Miren cuánto le quería!». Así sería la manera en que lo habrá llorado. Muchos pueden decirte hoy que ya no llores, que tienes que superarlo, que tienes que dejarlo ir. Pero el Sanador de almas te dice: —«Llora, llora lo que tengas que llorar, y también, si no sientes llorar, no llores. Pero haz lo que, en este momento, necesites hacer».

Otros por su parte murmuraban: —Este, que dio la ¿no podría haber hecho algo para que Lázaro no muriera? Y era apenas de esperar, como es apenas de esperar que alguien te cuestione a ese Dios, al que tanto le rezabas y al que tanto le servías, que no fue capaz de escuchar tu oración.

Pero pocos habían escuchado lo que ya el Sanador de almas le había dicho a Marta:

—Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.

Ojalá, como aquellas hermanas de Betania, tú pudieses disfrutar hoy la oportunidad de volver a tener a ese ser que tantas amas, y que ya no está en este plano terreno, de nuevo entre tus brazos. Sé que darías lo que no está escrito porque se te concedieran tan solo unos minutos para volver a mirarle, para volver a abrazarle y decirle lo mucho que insensatamente callaste mientras vivía. Sin embargo, aunque esto no sea posible aquí, las palabras de Jesús siguen siendo las mismas para ti, para mí, para Marta, para María y para todos aquellos que tarde que temprano tenemos que enfrentar la muerte: Él es la resurrección y la vida, y el que crea en Él, aun cuando esté muerto, vivirá. Esa es la medicina que el Sanador de almas quiere darle hoy a tu corazón afligido. Él quiere recordarte que amar es desear lo mejor para el otro y ahora, al saber que él, que ella, ha llegado a los brazos del Padre, debería convertirse para ti en motivo de alegría y alabanza a Dios. Ha descansado. Ha trascendido. Ha resucitado.

Siente tu dolor, el Sanador de almas así te lo permite, pero deja que sus palabras te posibiliten transformarlo, pasando de la queja a la gratitud, y de la amargura a la esperanza. Y si tienes que llorar, llora, recordando que, a tu lado, Él llora contigo.

Ps. Elízabeth Guerra Gómez

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